Crítica y Resistencias. Revista de conflictos sociales latinoamericanos

N° 10 (enero-junio). Año 2020. ISSN: 2525-0841. Págs.51-70

http://criticayresistencias.com.ar

Edita: Fundación El llano - Centro de Estudios Políticos y Sociales de América Latina (CEPSAL)

Un pasado virtualizado. La disciplina histórica y los impactos de digitalización[1]

A virtualized past. The historical discipline and the impacts of digitalization

Jonathan Montilla Azuaje[2]

Resumen

Los investigadores e investigadoras dedicados al oficio de la historia debaten actualmente acerca de las ventajas y retos de la era digital y la Internet. La disciplina histórica, como el resto de los ámbitos del conocimiento humano, está profundamente influenciada por la conexión a la Web. Este invento tecnológico (1989-1990), asociado al desarrollo de los medios digitales e informáticos, revoluciona la manera de cómo se comprende el presente, se estudia y recuerda el pasado. Este asunto es interesante, pues mucha de la bibliografía apunta a los retos y problemas epistemológicos y heurísticos que enfrenta la disciplina histórica ante lo que se ha dado en llamar Historia Digital. Esta categoría define el quehacer histórico a través del uso de la tecnología y la Internet. Aunque en pocas palabras el principio tecnológico es la base su definición, la Historia Digital parece trascender del ámbito de la técnica y repercute a la erudición, pues para algunos no es más que un asunto de fuentes y maneras de leer que no inciden en lo ontológico, pero para otros representa un asunto de gran impacto en la disciplina.

Palabras clave: Internet, Historia Digital, Investigación, Digitalización.

Abstract

Nowadays, researchers of the history field discuss about the advantages and challenges of the digital era and the Internet.  Like most of the fields of the human knowledge, Internet deeply influence the history field. This technological invention (1989-1990), which is associated with the development of digital and computer media, has changed the way people understand the present and how they study and remember the past. This is an interesting issue due to most of the bibliography points to the epistemological and heuristic challenges and problems facing historical discipline in the face of what is called as Digital History. This category defines the study of History through the use of technology and the Internet. Although the technologic principle is its definition, Digital History seems to transcend the field of technology and affects erudition; for some people, it is about a matter of sources and ways of reading that do not affect the ontological, but for others it represents a matter of great impact on the discipline.

Key words: Internet, Digital History, Investigation, Digitalization.

En el presente artículo se discutirán algunos de los elementos que cuestionan y justifican la importancia y el impacto de computación, la Internet y el ciberespacio en la enseñanza, investigación y divulgación histórica, así como el resguardo de fuentes, a través de la digitalización, y la proyección que en la sociedad tiene el estudio del pasado, en base a la aplicación del desarrollo tecnológico que ha ocurrido en la sociedad capitalista durante las últimas siete décadas. El objetivo central es identificar el estado actual de la cuestión y anunciar los impactos que tienen el oficio la computación, la Internet, el desarrollo de la tecnología en la disciplina. La reflexión no se centrará solo en las potencialidades de la Internet para el oficio del historiador, sino que considerará algunos aspectos relacionados con la forma de entender el presente y el pasado desde la perspectiva de la era digital. Por ello se discutirán aspectos relacionados con el uso que se le da a Internet y los medios digitales para democratizar el conocimiento del pasado.

Para esto se ha organizado la reflexión en cuatro partes. La primera de ellas sintetiza algunas consideraciones acerca de lo que implica comprender la Web y la Internet como espacios democráticos para socializar y comprender el pasado; la segunda precisa lo que se entiende como Historia Digital y algunos debates que implica su aceptación dentro del oficio del historiador; tercera, se presentan algunos impactos que han modificado la forma tradicional de relacionarse con la disciplina histórica y con el pasado concretamente desde la perspectiva de la utilización del ciberespacio y la informática; finalmente se presenta una serie de reflexiones respecto a las maneras en cómo se comprende el pasado empleando las posibilidades de la digitalización.

 La disciplina histórica, como el resto de los ámbitos del conocimiento humano, está profundamente influenciada por el desarrollo tecnológico asociado a la invención de las computadoras, la digitalización y la Internet. De allí que se multipliquen los debates acerca de las ventajas y retos de la era digital y la Internet. Este invento tecnológico (1989-1990), asociado al desarrollo de la informática y los medios digitales, revoluciona la manera en cómo se comprende el presente, se estudia y recuerda el pasado. Este asunto es interesante, pues mucha de la bibliografía apunta a los retos y problemas epistemológicos y heurísticos que enfrenta la disciplina histórica ante lo que se ha dado en llamar Historia Digital. Esta categoría define el quehacer histórico a través del uso de la tecnología y la Internet. Aunque en pocas palabras el principio tecnológico es la base su definición, la Historia Digital parece trascender del ámbito de la técnica y repercute a la erudición, pues para algunos (Gallini y Noiret, 2011) no es más que un asunto de fuentes y maneras de leer que no inciden en lo ontológico, pero para otros (Seefeldt y Thomas, 2009) representa un asunto de gran impacto en la disciplina.

En este sentido, el principal nudo se encuentra en distinguir entre hacer historia en la era digital y la historia de la Internet o la historia con fuentes originalmente digitales (Eiroa, 2018). Investigadores alertan del impacto revolucionario que enfrenta la historia en la era del ciberespacio (Prades, 2016). Este impacto, que se da sobre todo en el discurso y la modificación en los mecanismos tradicionales de leer o escribir con la aparición de la hipertextualidad, trasciende la esfera de la investigación tradicional o analógica. Además repercute en la incorporación de nuevos programas, retos técnicos y metodológicos, que incide en las formas de comprender, comunicar, enseñar, pero sobre todo en la manera en cómo ahora un gran público comprende la historia, así como los medios existentes para representar el pasado y el presente.

Las preocupaciones de especialistas (Eiroa, 2018) acerca de los retos que enfrenta la disciplina en el ciberespacio son muy pertinentes, pero es innegable que resulta emocionante que miles de millones de seres humanos se sientan interesados, como ninguna época anterior, en divulgar y participar del pasado. Hoy en día abundan bibliotecas, archivos disponibles en digital, medios y redes para participar de un debate histórico o historiográfico; comunidades o individuos ocupados en comunicar sus ideas sobre la historia o lo historiable; redes sociales, blogs de historia, canales de Youtube, o Youtubers con millones de seguidores; proyectos colectivos que resguardan el pasado remoto o fuentes y testimonios del pasado reciente. Es una época en la que la historia está de “moda”, al mismo tiempo amenazada por esta. Es un momento de optimismo a la vez que de una necesaria reflexión de los desafíos del quehacer historiográfico, respecto al pasado remoto como al presente. Esto comprende además los ámbitos de la memoria; los métodos; técnicas de investigación histórica; su divulgación; enseñanza, pero sobre todo la posibilidad de que la historia contribuya a dotar a millones de seres humanos de herramientas para la reflexión crítica. Y qué decir de una nueva semántica en el lenguaje, ya que ciertas palabras designan nuevas realidades no solo físicas, sino virtuales (carpeta, archivo, hoja, guardar, recuperar, etc.), a la vez pues se imponen nuevos términos para procesos tecnológicos y dinámicas sociales en las que las nuevas tecnologías sustituyen procesos analógicos.

La disciplina histórica ha enfrentado siempre desafíos tanto epistemológicos y ontológicos, producto del desarrollo tecnológico, de la colaboración con otras disciplinas, de aprender a utilizar otras fuentes, de crisis científicas que han conducido a la revisión de los asuntos propios de una comunidad que debate su propia existencia como parte del conocimiento humano, y esto ha contribuido a lo que es hoy la disciplina. La Historia Digital es una nueva oportunidad para hablar de la salud, del vigor de la historia y de su importancia para el futuro. Sobre todo cuando el pensamiento postmoderno ha posicionado dos visiones antagónicas acerca de la tecnologización; una pesimista que advierte de las amenazas de lo que será el desarrollo de una era digital apocalíptica, y otra de una excesiva confianza que hasta proclama un tecnoparaíso (Salinas. 2004). Pero en realidad, de lo que se trata acá es de evaluar las dinámicas que genera este desarrollo tecnológico como instrumento de las relaciones sociales, y cómo proporciona nuevas perspectivas para comprender y analizar el pasado, a la vez que profundiza más las desigualdades sociales entre regiones del mundo (que en el ámbito tecnológico se manifiesta en la brecha digital).

Una democratización más virtual que real de la sociedad global. Internet ha sido y es una posibilidad para la historia, particularmente para el ámbito académico, a pesar de que la mayoría de los contenidos disponibles, o los determinados por la relevancia de datos, privilegien una forma tradicional de concebir y representar el pasado y el esquema occidental, eurocéntrico y moderno de interpretación de la realidad.

Existe no obstante una consideración más, asociada a la democratización de este ciberespacio, y lo constituye el dominio del inglés como idioma de la Web y la Internet. Sea porque buena parte del desarrollo científico técnico se ha generado en los EE.UU., o porque las más importantes empresas estén radicadas allí, o porque este país sea la sede del mayor complejo militar industrial de la contemporaneidad. Lo cierto es que pese a la existencia de contenidos multilingües, la hegemonía lingüística se ejerce y legitima como recurso de comunicación. A decir de R. Chartier, se ejerce un “Imperialismo ortográfico” que cuestiona los principios de la diversidad cultural (Melo, 2011).  

La investigación histórica, tanto en lo digitalizado como en lo nacido digital, tiene un reto importante para darle un sentido reflexivo a esa dimensión colectiva de participar en la preservación del pasado. Quizás el reto está en la necesidad de equilibrar la participación de muchas formas interpretativas del pasado, y en que eso se traduzca en la preservación de la diversidad cultural humana como especie. De igual manera, la historia tiene mucho que aportar en la difusión de métodos para la investigación crítica, la utilización de los medios digitales y de la Internet. Además de la preservación de la memoria e investigación del pasado y del presente, ante la vulnerabilidad del soporte digital.

Se empleará el termino digitalización en un sentido amplio de conversión y registro en lenguaje computarizado en relación con el estudio, la investigación, la escritura, la enseñanza y la divulgación de la historia. Es decir, se utilizará de acuerdo a las acepciones de conversión y creación. La primera comprende un proceso tecnológico de convertir objetos y fuentes preexistentes en formato físico a un soporte distinto, transfiriéndolo a información digital. La segunda abarca la acción de creación, registro y almacenamiento de todo tipo de información nacida en lenguaje informático. Resulta evidente que la acepción más utilizada (por ejemplo la del DRAE o Wilkipedia) en la expresión digitalización comprende solo la transferencia de datos, información y objetos (analógicos) a datos informáticos, susceptibles de ser leídos, apreciados, compartidos y guardados a partir de la interacción con dispositivos electrónicos. No obstante, en el presente ensayo se empleará en un sentido más global que refiere el aspecto descrito, así como al correspondiente de lo nacido digital.  

¿Se ha democratizado el conocimiento de la historia en la era de Internet?

El desarrollo tecnológico ha condicionado la forma en cómo apreciamos la realidad históricamente. Este desarrollo es el resultado de las relaciones sociales de producción y un producto social del trabajo. La sociedad está influenciada en todos los ámbitos por la diversificación de las comunicaciones a través de la Internet y la computación. Pero esto no es un hecho meramente comunicacional, sino que es cultural. La tecnología juega un papel fundamental dentro del modelo civilizatorio capitalista, en tanto sirve como “… instrumento de activación económica, crecimiento y desarrollo, así como de manipulación y control dentro de las relaciones sociales existentes, como instrumento de trabajo dentro de la construcción social” (Salinas, 2004, p. s/n)

Las denominadas Tecnologías de la Comunicación e Información (TIC) en buena medida configuran la característica más emblemática de la sociedad globalizada. Esta sociedad actual está interconectada, al menos en su mayoría en relación con los centros de la economía mundial, y como característica se supone asegura que Internet es el espacio más democrático de la era globalizada. De hecho en 2018 más de 4.000 millones de personas alrededor del mundo usaban Internet, según el Informe Digital 2018 de We Are Social y Hootsuite, lo que representa la mitad de la población del planeta (Kemp, 2018). Esto no es un asunto desestimable, pues aunque se cuestione, en la actualidad la Internet ha reconfigurado, con respecto al pasado, las formas de comunicación e interacción social entre las personas, al punto que plantea dinámicas de intercambio y comercialización distintas (aunque en el marco de la lógica capitalista), como la economía colaborativa o las criptomonedas. Lo interesante para el conocimiento histórico es que tanto el pasado como el presente se han instalado con multiplicidad de discursos y formas de representación.

Es indudable que la informática y la Internet han modificado la forma de hacer y difundir la historia, y ha sido posible al facilitar la manera tradicional en cómo se investiga y se escribe. Lo digital ha permitido la incorporación de nuevas formas de interacción entre el texto y la escritura; aporta novedosas maneras en cómo investigar; permite la difusión de fuentes; masifica la difusión y proyección historiográfica y facilita el acceso a bibliotecas, catálogos en línea, archivos y museos virtuales. Además el fenómeno de la Web 2.0 ha hecho posible la participación y el interés de millones de ciudadanos en el quehacer histórico, en pocas palabras “Todos son historiadores ahora” sentencia Stephen Mihn (Mihn, 2008).

Internet y los medios digitales han democratizado el acceso al conocimiento en general, y particularmente el del pasado. Pero subsisten problemas asociados al conocimiento y la disciplina, como los enfoques tradicionales y deterministas de explicaciones monocausales y las periodizaciones a partir del tamiz eurocéntrico. También se reproducen los problemas sociales y políticos del orden mundial, en los que los países donde se ubican las empresas responsables del desarrollo tecnológico tienen más posibilidades de preservar, investigar y formar en el ámbito de la disciplina histórica que los países de la periferia.

Esta posibilidad de acceder de forma descentralizada, horizontal y participativa que ofrece la Internet contrasta con el gran poder que concentran las grandes empresas dedicadas al sector tecnológico. Cinco de las diez empresas más grandes del mundo por su valor en el mercado durante el año 2019 están dedicadas al sector tecnológico y de Internet. Entre ellas Apple, Microsoft, Facebook, Amazon y Alphabet (propietaria de Google), de entre las más poderosas dedicadas a las finanzas, petróleo, salud, etc. (Economipedia, 2019). Esto debe estimarse al momento de considerarse hacia dónde apunta la idea de Internet como espacio democrático, sin olvidar que nació como parte de un desarrollo tecnológico del Departamento de Defensa de los Estados Unidos de Norteamérica.

No obstante, desde su lanzamiento la Internet ha hecho posible que cada vez más personas participen de la comunicación. Además, la World Wide Web (www) ha permitido el acceso a información y conocimiento como nunca antes. Con mucha rapidez miles de millones de personas tienen acceso a tecnología y conexión a Internet, mientras que los procesos de alfabetización digital siguen un ritmo distinto. Esto debe llamar a una reflexión pues persisten desequilibrios entre el acceso y la imposición de una sociedad globalizada, occidental, anglosajona, liberal, y sobre todo capitalista desarrollada, frente a unas sociedades prácticamente al margen de esos procesos de avance tecnológico, o en los que los procesos de digitalización, difusión, participación respecto al conocimiento histórico son menores en virtud de limitada conectividad, menor acceso a tecnologías, menor inversión tanto tecnológica como académica, o por ser simplemente dependientes tecnológicamente.  Esta desigualdad no tiene que ver con que haya o no interés social por el pasado.

Por otra parte, la Web es vulnerable a los intereses de grandes empresas y gobiernos que han cerrado cuentas de personas o colectivos sociales, portales Web, limitando el acceso a información, y un largo etcétera, producto de una sanción unilateral impuesta por un gobierno ante lo que consideran amenazas al status quo. Está claro que debe haber regulaciones morales, éticas y legales para los individuos, gobiernos y empresas, no solo en lo que respecta a la difusión de contenidos en Internet, pero también debe preservarse el principio de democratización que el ciberespacio proclama. Este principio queda en entredicho cuando las grandes empresas de redes sociales como Twitter cierran cuentas o censuran contenido que llaman a la violencia, a la vez que toleran que el presidente de los EE.UU. Donald Trump, impunemente incite al odio a través de las redes.

Esto no es nada fuera de lo común pues las redes sociales son en realidad programas pertenecientes a grandes empresas o corporaciones con claros intereses económicos y políticos que ganan enormes sumas de dinero con el negocio de la Web 2.0 y con la participación de millones de usuarios.

Otro asunto es la invasiva presencia de la publicidad que incita al consumo en medio de las redes sociales y portales web, sobre todo cuando se accede a contenido educativo, informativo y académico. La libertad de comunicación y lo democrático de la red queda en cuestión cuando se aplica en contraposición el derecho de los grandes capitales.

En este sentido existen importantes debates acerca de lo ambiguo de la tesis de lo democrático del ciberespacio. Aspectos como la cualidad individual o colectiva del desarrollo tecnológico o su ubicuidad, entre otras deben ser atendidos con mayor rigor. Respecto al primero es evidente la tendencia hegemónica a ubicar el desarrollo tecnológico y la propiedad de invenciones a individuos, contradiciendo así el principio colectivo del desarrollo tecnológico. Detrás de este personalismo que caracteriza al desarrollo y la industria tecnológica se invisibilizan a obreros y obreras creativos responsables de la innovación. La sociedad de mercado favorece más la idea del hombre que se hace a si mismo. Por otra parte, resultan particularmente interesantes las reflexiones de Milton Santos acerca de la desigualdad que existen en los centros tecnológicos o espacios luminosos y los espacios oscuros. Los primeros representan el símbolo del progreso capitalista, en los que circulan abundantes bienes y servicios. Los espacios opacos son zonas degradadas que contrastan dramáticamente con los espacios luminosos y son la antípoda del desarrollo desigual del capitalismo y de la tecnología (Salinas, 2004).    

La preservación del pasado y del presente mediante la digitalización es un asunto que se ha convertido en preocupación de la humanidad, de hecho existen instrumentos normativos internacionales que regulan la preservación del patrimonio y promueven la digitalización de bibliotecas, archivos museos y otras instituciones educativas nacionales e internacionales (Por ejemplo la UNESCO/UBC suscribió en 2012 la Declaración de Vancouver cuyo lema es: La Memoria del Mundo en la era digital: digitalización y preservación). La tendencia a que todo aparezca en red ha motivado no solo a políticas gubernamentales y multilaterales por intervenir en el ciberespacio y que iniciativas como el gobierno electrónico, el infogobierno o el gobierno en línea, permitan no solo interconectar a los ciudadanos, sino la difusión de documentos fundamentales de la vida pública.

Pero siguen existiendo amenazas y contradicciones en este proceso de asegurar el acceso democrático al conocimiento. Estas amenazas no solo se restringen a ámbitos referidos a la desigual distribución de la riqueza, también tiene que ver con la misma lógica del capital. En pocas palabras, Internet es quizá la herramienta tecnológica más optima del proyecto civilizatorio de la modernidad en su fase del siglo XXI.

Los software libres, programas de código abierto, la WikiLeaks y la filtración de la información, los ciberataques y los hackers son evidencia de un ciberespacio con una dinámica que contraviene las políticas de una red dominada por intereses corporativos, que rápidamente metabolizan las innovaciones y talentos en el marco del esquema de comercialización de las grandes empresas, a la vez que revela vulnerabilidades y las contradicciones en la posibilidad de acceder a contenidos, programas, documentos de interés público y cuestiones vinculadas a la privacidad personal y pública, en la difusión de la información y el acceso democrático al ciberespacio.

Uno de los ámbitos del presente que constituye una amenaza en las redes sociales y en el ámbito digital es la permanente presencia de fake news y falsos positivos. Con esto no se desconoce la antigüedad de prácticas cuyo principio es el mismo, sino el impacto que esto conlleva a la configuración de una sociedad de la información tan voluble e influenciable con noticias de corto y escandaloso impacto. En pocas palabras, esta es una “… civilización audiovisual basada en el entretenimiento” (Bresciano, 2011, p. 106).

Como se verá más adelante, existen iniciativas por aprovechar el interés público por el pasado con el fin de preservar la memoria. Estas iniciativas en algunos casos han contado con la participación de fundaciones, instituciones gubernamentales y empresas privadas que han desarrollado programas o han prestado servicios para la digitalización de archivos, bibliotecas o para el reconocimiento de fondos documentales. Es decir, servicios privados para que un colectivo voluntario aporte información acerca de fotografías y documentos. Algunos ejemplos de estos casos, que han sido controvertidos por historiadores, revelan una alerta respecto a la vulnerabilidad de esta gran plataforma de conocimiento libre y democrático que representa la Internet. El primero es la alerta que realizó el historiador Robert Darnton ante la iniciativa de Google Books (2005) por digitalizar libros, ya que Google (1999), una empresa privada, está adquiriendo en formato digital un patrimonio que es de todos (Pons, 2011). El segundo, es el contrato que firmó la compañía Footnote.com (actualmente Fold3.com) para la digitalización de millones de documentos de las colecciones de Archivos Nacionales de EE.UU. (Mihn, 2008). Esta empresa, mediante una membrecía permite la participación de “voluntarios” que contribuyen a la identificación de fotografías y documentos relacionados con los familiares de quienes participaron en los conflictos bélicos estadounidenses durante cerca de dos siglos. La idea básica es que quienes participan puedan identificarse o identificar a sus ancestros en dichas fotografías. La empresa genera dividendos producto de la digitalización y el trabajo de quienes se interesan legítimamente en participar voluntariamente.

Los procesos de digitalización permiten sin duda poner a disposición de muchos y por vía remota documentos que en el pasado tenían una difusión restringida a especialistas. Esto es una gran posibilidad, pues la interpretación de alguna fotografía contemporánea por parte de un historiador se restringe al análisis de las evidencias que puedan permitir otras fuentes y la erudición que acerca del tema se tenga, y resulta de gran ayuda el aporte de un testigo o un familiar para desentrañar detalles respecto a la reconstrucción histórica. Está claro que la participación de mayor cantidad de personas en una discusión no representa el establecimiento de una verdad universal, pero si es un reto importante a considerar para la historia.

Existe una nueva forma de representar el pasado en la que el oficio deberá desarrollar nuevos métodos y técnicas de investigación, o adaptar las existentes ante la transformación de la sociedad del conocimiento. Pero no deben desestimarse los argumentos de investigadores que alertan acerca de la vulnerabilidad de la Internet y lo digital para la investigación y el almacenamiento de información.

La innovación tecnológica avanza vertiginosamente y las potencialidades de los usos de la computación, realidad virtual y la Internet son impredecibles, pero es indudable que el avance tecnológico y su aplicación en el conocimiento repercutirán de forma positiva en un conocimiento más accesible y con mejores herramientas para la educación y la comunicación. Otro asunto es si esto impactará en mejorar la calidad de vida o profundizará más la brecha de desigualdad e injusticia que persiste en la sociedad global actual. Pese a que existe mayor conectividad y acceso a la tecnología aún deben enfrentarse problemas asociados a la brecha digital, la alfabetización y capacitación digital y la mayor democratización del conocimiento bajo el principio de la diversidad, no sólo en función de la capacidad de aquellos países que puedan solucionarlo.

Los alcances y efectos de este rápido desarrollo de la tecnología, la transformación de las comunicaciones, así como las aplicaciones de la informática en la vida cotidiana y en el conocimiento, son difíciles de predecir y se desconocen. Lo que sí está claro es que cada vez se invierte mayor cantidad de recursos en esta red global de redes informáticas, que operan principalmente a través de plataformas de comunicaciones inalámbricas trasnacionales,

Para finalizar estas consideraciones relativas a la democratización del ciberespacio, no debe desestimarse el impacto que tienen las tecnologías y la Internet en torno a los sistemas de representación social de la memoria y la historia, que son reivindicados por colectivos, organizaciones y movimientos sociales. Resulta un ámbito de potencial estudio multidisciplinar cómo movimientos sociales han debido adaptarse y utilizar la informática y la Internet para visibilizarse. Una significativa cantidad de sitios Web y redes sociales son instrumentos para posicionar debates y argumentos a favor de lo que se ha denominado Ciberactivismo (Fernández, 2012). Movimientos sociales y organizaciones civiles o declaradamente políticas, han empleado la web y la Internet como herramientas. En ellas, apelando al pasado legitiman sus iniciativas y programas políticas y/o sociales. Desde hace unos años, en muchos países se han movilizado multitudes convocadas a través de redes sociales y cuyas características, entre otras, es la ausencia de liderazgos visibles. Además, buena parte de las reivindicaciones tienen que ver con el reclamo ante políticas regresivas o limitantes de los derechos sociales y laborales alcanzados en épocas pasadas y que atentan contra los Estados de bienestar. A la vez ha sido notorio como las redes sociales y el ciberespacio ha sido empleado para movilizar a cierto electorado a favor de un candidato o en detrimento de otro, o cómo se difaman con mentiras a movimientos sociales, partidos políticos, en los que la complicidad de las grandes empresas de la comunicación tienen un protagonismo vital.

Con todo esto, se pretende llamar la atención de la pertinencia del estudio y reflexión acerca de la historia y la memoria en el ámbito de la informática y la Internet. No se trata de un asunto para la reflexión futura de las implicaciones de la tecnología en el conocimiento y la realidad social, sino de asuntos de actualidad que modifican la manera de entender y practicar la democracia.

Estas reflexiones pretenden llamar la atención en el hecho de que desde la disciplina deben considerarse aspectos relativos a las implicaciones sociales, políticas, culturales y económicas del desarrollo tecnológico, no solo a su pertinencia técnica como herramienta para el oficio.

¿Qué implica la Historia Digital?

Antes de responder a la pregunta debe pensarse en el origen de la relación historia y computación, pues precisamente a eso se remonta la idea que origina el concepto de Historia Digital. Desde la década de los sesenta del siglo XX, las primeras computadoras modernas desarrollaron programas que permitieron el análisis informático de datos para la historia social y económica. La utilidad de las computadoras en los métodos cuantitativos demostró una gran versatilidad para el análisis histórico. A la par nacieron proyectos en los Estado Unidos de Norteamérica (EE.UU.) dirigidos a respaldar información y archivos en soportes digitales. Por ejemplo, iniciativas como la Optical Disk Pilot Project (www.loc.gov) de la Biblioteca del Congreso de EE.UU. que desde 1982 digitalizó en discos compactos una importante documentación acerca de la Guerra Civil norteamericana. En adelante se incrementaron las iniciativas por digitalizar información, investigar empleando las computadoras y discutiendo académicamente acerca de las potencialidades de la informática en la historia. Esto llevó además a la institucionalización de quienes se interesaron en explorar y desarrollar el ámbito de la investigación y resguardo de la memoria con las posibilidades de la informática en EE.UU. y Reino Unido.

La Historia Digital (HD), de acuerdo con D. Seefeldt y W. Thomas, es “… un enfoque para examinar y representar el pasado que funciona con las nuevas tecnologías de comunicación de la computadora, la red de Internet y los sistemas de software.” (Seefeldt y Thomas, 2009,p.1).

Pero la definición contiene para estos investigadores a la vez dos niveles, uno técnico y otro metodológico. El primero implica “… un campo abierto de producción y comunicación académica, que abarca el desarrollo de nuevos materiales del curso y los esfuerzos de recopilación de datos académicos.” Mientras que el segundo lo define como “… un enfoque metodológico enmarcado por el poder hipertextual de estas tecnologías para crear, definir, consultar y anotar asociaciones en el registro humano del pasado.” Pero lo particularmente interesante de esta definición es la afirmación de que la HD implica a la vez el proceso de digitalización del pasado, como la creación de un andamiaje tecnológico que permite la experimentación, lectura y discusión sobre un problema histórico (Seefeldt y Thomas, 2009, p.1).

Muchos investigadores dudan de la existencia de una Historia Digital y de que esta represente un cambio en la disciplina o al menos un nuevo enfoque epistemológico. Según esta idea la Historia Digital no cuestiona el objeto del trabajo histórico sino que incide en la forma en cómo se representa el pasado y como se comunica el conocimiento (Gallini y Noiret, 2011). Escépticos o no, el consenso radica en asegurar que la tecnología y el ciberespacio configuran una manera de hacer historia con nuevos medios tecnológicos y en la que se interactúa de forma distinta en comparación a épocas pasadas.

Como se ha señalado en la definición inicial, la HD comprende la idea de hacer historia empleando la digitalización, con fuentes originadas en la era digital (born digital) y la creación de un marco teórico-metodológico a través del cual se comprenda y discuta los procesos y resultados de la investigación histórica. Está claro que las tres nociones no significan lo mismo, y por ahora esto representa un gran reto porque sin duda es un cambio sustancial en la disciplina (Pons, 2011) ya que en teoría al historiar las dinámicas sociales implícitas en Internet se abordaría un asunto fuera de lo tradicional, que no solo demandaría de nuevos métodos y técnicas, sino de un enfoque totalmente distinto.

Las y los profesionales de la historia se han preocupado por reflexionar acerca de si se está a puertas de una reconfiguración epistemológica del oficio o si se trata de una cuestión de cambio de métodos y técnicas (Gallini y Noiret, 2011, Anaclet, 2018, Eiroa 2018. Pons y Eiroa, 2018). En todo caso se está a las puertas de “… una historia poco definida epistemológicamente pero muy distinta a la tradicional e incluso de la que se elabora con los recursos existentes en la Web” (Eiroa, 2018, p.34)

De todo esto es necesario resaltar que buena parte de las aplicaciones técnicas y tecnologizadas del quehacer historiográfico se han realizado en los EE.UU. Como más adelante se referirá existen varios emblemáticos trabajos de investigación que no solo utilizan las herramientas digitales para la investigación (como fuentes y programas para organizar información), sino también herramientas tecnológicas para representar de manera distinta el conocimiento histórico que trasciende del ámbito tradicional del papel impreso y la publicación digital.

En varios de sus trabajos Anaclet Pons realiza interesantes reflexiones acerca del oficio y lo digital. Su análisis se centra en el proceso de cambio de paradigma que opera en la investigación histórica entre lo tradicional y la innovación tecnológica. Estos cambios no solo operan en la forma de leer, sino de escribir.  Piénsese en la influencia que tiene en el trabajo del historiador el desarrollo de programas de rápida interfaz que han facilitado el trabajo de investigación, redacción y divulgación del conocimiento histórico. Su trabajo además  aunque centrado en la lectura y la incidencia de las humanidades en la era digital (humanidades digitales), concretamente en el impacto de lo digital en la historia como oficio,  revela al menos tres tipos de prácticas digitales que han incidido metodológicamente en el quehacer histórico: el análisis textual (relacionado con la minería de datos); la recopilación, preservación y presentación del pasado de manera digital; y, la visualización ligada a la cartografía digital (Pons, 2018).  En este sentido, su trabajo revela el interesante debate que debe realizarse respecto a la incidencia de la tecnología en los procesos de comprensión e interpretación del pasado. Pons (2018) alerta que la disciplina aún mantiene sus prácticas de rigor científico, aunque reconoce por ejemplo que la narrativa en lo digital plantea un elemento clave de una nueva forma de relacionarse con el texto escrito y el digitalizado; lo cual, a su vez permite que la tecnología proporcione innovadoras herramientas para nuevos procesos y productos de la investigación histórica. Una nueva forma de leer y de escribir, que además permite analizar datos de forma distinta y presentar los resultados de investigación de maneras que antes no eran posibles.

Internet y el oficio de historiador

El asunto fundamental en discusión es el impacto de los medios digitales e Internet en el oficio, pues para algunos es solo una cuestión técnica de medios para trabajar de la misma manera que el pasado aunque empleando la tecnología. No obstante, el cambio tecnológico plantea nuevas formas de comunicar lo viejo y lo nuevo del interés historiográfico y tiene impactos novedosos socialmente. No obstante, la digitalización, la informática, la Internet así como todas las herramientas que ofrecen la interconexión y el ciberespacio demuestran que las formas tradicionales de investigar, enseñar, divulgar el conocimiento histórico se enfrentan a nuevos retos. En el presente apartado se evaluarán dichos retos identificándolos como impactos, que se considera modifican técnica, metodológica y teóricamente las formas tradicionales a partir de las cuales los y las especialistas del oficio hacen su trabajo y lo contrastan en la comunidad científica, pero a la vez cómo la historia y la memoria se ven interpeladas y enriquecidas por la participación social de un público mayor.

El primer impacto tiene que ver con la digitalización de fuentes que solo era posible consultar en papel y que ahora están disponibles desde una conexión y un clic o unos cuantos de ellos. La informática pone a disposición millones de posibilidades de acceder a libros, periódicos, revistas y archivos digitalizados, así como de ampliar la imagen, descargarla o modificarla, lo cual representa una ventaja. Pero esto, en teoría, solo facilita la forma tradicional de hacer historia. La cuestión es que las bibliotecas por lo regular digitalizan una edición de algún título, restringiendo la posibilidad de consultar las otras, que en todo caso deberán revisarse en la biblioteca. Lo mismo sucede con las imprecisiones a la que está expuesto el proceso de digitalización de documentos de archivo que necesitará el cotejo en físico del original. Y qué decir de las prioridades en la digitalización, pues se han digitalizado las joyas documentales o aquellos legajos o secciones de mayor interés para la política del Estado Nación, los gobiernos y/o funcionarios, mientras que el resto de la documentación debe subordinarse a estas prioridades.

Sin embargo, es encomiable la labor de digitalización de documentación y objetos realizada por grandes y pequeños proyectos (documentos, fotografías, libros, registros audiovisuales, obras de arte, mapas, etc.). Por razones de espacio se referirá solo algunos proyectos de gran magnitud, aunque se reconoce la necesidad de profundizar en la investigación de otras experiencias (sobre todo del Sur global). Destacan iniciativas como: Library of Congress (la Biblioteca del Congreso de EE.UU.), World Digital Library (colaboración entre la Biblioteca del Congreso y la UNESCO), Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Internet Archive, Wikisource, Google Books, Europeana, Berkeley Library, Project Gutemberg, Brithis Library, Portal de Archivos Españoles, Biblioteca Digital Mexicana (BDMX), Biblioteca Nacional de España, entre otras. Grandes fondos documentales que han puesto a disposición del público sus colecciones de contenidos generales o especializados (en este último caso resalta la International Children's Digital Library). De igual manera los museos y otras instituciones, universidades y centros de investigación, iniciativas públicas y privadas que permiten el acceso gratuito o por suscripción a material digital.

Estos proyectos de resguardo de la memoria se han diversificado con iniciativas de ciudadanos, agrupados en colectivos, o a través de proyectos locales, escolares, regionales o nacionales por preservar la memoria. De estas iniciativas deben referirse entre muchos otros proyectos:  Memoro o Banco de la Memoria (2007), Flickr (2004), el Archivo Digital del 11 de septiembre de 2011 que inició el historiador Roy Rosenzweig y que rápidamente contó con miles de aportes voluntarios al punto que la Library of Congress la adquirió como colección. En este contexto cobra sentido una nueva forma de registrar, resguardar y relacionarse socialmente con la información digitalizada. El crowdsourcing es la distribución de tareas entre ciudadanos que colaboran de forma abierta por un propósito. De este sistema colaborativo han emergido iniciativas de reconocimiento por instituciones públicas de prestigio en el resguardo de la memoria; por ejemplo la de Library of Congress y sus programas de reconocimiento de información que lleva adelante con Flickr para la identificación de fotografías y videos, o el acuerdo con la empresa Twitter (2006) para preservar toda la información de los mensajes de ciudadanos que han utilizado esta red para manifestar su opinión de los hechos en el momento en que suceden.

Todo lo cual pone a disposición una ingente cantidad de información en distintos formatos, a la vez revela grandes retos en cuanto a su preservación como a la fiabilidad de esa información almacenada o del proceso técnico que ha permitido la edición digital gratuita (algo que parece no suceder en la edición privada). Sin embargo, casi todos los países han iniciado en mayor o menor medida los procesos de digitalización de sus colecciones, facilitando la consulta de ellas desde cualquier parte del mundo con conexión a Internet. Aunque esta posibilidad de acceder a gran cantidad de información digitalizada, sobre todo libros, el cambio revolucionario está en lo que respecta a la forma de leer.

El segundo impacto está precisamente en la lectura. Ya no solo se modifica el formato a partir del cual se accede al texto, que en el soporte de papel es múltiple de acuerdo al perfil de su contenido (periódico, libros, revistas), ahora es solo la pantalla del dispositivo, sino además la lectura no es lineal, sino multidireccional y creativa (Melo, 2011). El hipertexto ramifica las posibilidades de realizar una lectura vinculando miles de palabras y conceptos al texto original, en pocas palabras “…la revolución informática modifica los hábitos de lectura” (Pons, 2011). Esto conduce, según el historiador Roger Chartier, al nacimiento del hipertexto, la hipermedia y la hiperlectura. Se modifican, soportes, formatos y objetos. Aunque el discurso conserva una cierta linealidad argumentativa, la lectura está sometida a la influencia de múltiples textos hipervinculados.

Los textos digitales ahora rompen las formas tradicionales de autoridad y autoría. Los historiadores pueden escribir los resultados de una investigación pero dichos textos están sometidos a la posibilidad de ser descargados, cuestionados, debatidos y modificados en la web. La autoría individual o colectiva ahora se masifica en dimensiones inimaginables. Una entrada de Wilkipedia puede tener cerca de 500 modificaciones en la que cada editor contribuye como autor. Un texto modificado del original ya es otro texto distinto.

La actual es una época híbrida entre lo analógico y lo digital. El oficio histórico está en esa frontera entre lo físico y lo virtual. Tanto los y las profesionales, las y los aficionados, las y los testigos y las y los familiares de víctimas de eventos del pasado participan en forma distinta de acercarse a la historia, de comunicarla o cuestionarla. El interés por la historia se ha masificado, y el acceso a las fuentes documentales o historiográficas ahora no se restringe a la necesidad de trasladarse físicamente  a la institución que  los resguarda. Se puede visitar la institución vía electrónica, existe la alternativa. Debe quedar claro que no se propone la sustitución de una por otra, sino que se insiste en la posibilidad de ambas. Siempre habrá necesidad de cotejar o investigar lo que en Internet no se encuentre. Más allá de la pasión que suscita el poseer el objeto físico, la misma disciplina apunta al horizonte de que sean precisamente los investigadores quienes contribuyan al proceso de digitalización, tal y como lo han hecho en varias experiencias investigativas.

Este asunto incide en la forma en cómo se había practicado la lectura. Es a la vez un asunto de forma y de fondo, de soporte y de semántica del texto. La posibilidad de editar textos, de cuestionar y aportar ideas tiene sus pros y contras, tanto en el sentido de la autoridad como en el de la autoría. La escritura digital supone el nacimiento de nuevas formas de autoridad textual, un nuevo rol social del historiador y nuevos géneros historiográficos.

El tercer impacto está asociado al nacimiento de nuevas formas de autoría y de autoridad en la elaboración de textos de contenido histórico e historiográfico. Wilkipedia (2001) -aunque existen otras similares como Cleo (Francia)- es la base de datos enciclopédico elaborado mediante contenido construido colectivamente más popular de las denominadas Wikis, pues existen muchas. Su definición de acuerdo a su portal web afirma que es “… una comunidad virtual, cuyas páginas son editadas directamente desde el navegador, donde los mismos usuarios crean, modifican, corrigen o eliminan contenidos que, normalmente, comparten.” (https://es.wikipedia.org/wiki/Wikipedia). Esta particular y novedosa ausencia de autoría es la síntesis de una forma de crear y modificar conocimiento. El problema es que al no haber autor, pues se basa en el voluntarismo de editores desconocidos quienes pueden alterar contenido citando a un tercero, se modifica el contenido de una entrada y se genera una nueva versión que sustituye a la anterior. No obstante, el problema de la autoría y criterio de autoridad cambia de perspectiva. Con esto no se quiere desdecir la importancia de este principio colaborativo y de las posibilidades reales de aplicaciones que se han desarrollado y se pueden desarrollar a partir del código abierto que caracteriza a estas bases de datos, sobre todo para la enseñanza.

Otro impacto está referido a la manera de socializar el conocimiento estrictamente científico del quehacer histórico. Una de las aplicaciones de discusión de conocimiento y quizás la más empleada por historiadores es la plataforma de los Blogs o Wordpress. Estas bitácoras o diarios son quizás los más versátiles medios a través de los cuales especialistas o aficionados y aficionadas publican y discuten con un gran público contenidos históricos. Lo dinámico de ellos resulta de su posibilidad de publicar hipótesis, avances del proceso de investigación sin la formalidad de cumplir con el rigor de la disciplina de solo publicar el resultado final. De allí se desprende la dinámica de participación en los posts o en los hilos que pueden desprenderse de cada tema. Además de que su versatilidad permite colocar fuentes, fotografías, videos e hipertextos. Los blogs han diversificado las clásicas listas de correos, foros de discusión de chats, páginas webs y comunidades digitales, lo que permite una interacción cotidiana entre el autor y los lectores y un proceso de edición colectiva permanente (Quiroga, 2011).

La forma en cómo se investiga en historia ha sido objeto de un gran impacto. La informática ha influido mucho sea porque se investigue a través de fuentes digitalizadas o cuyo tema se centre en la era digital o las fuentes nacidas en digital. Desde las bases de datos, los catálogos, hasta los sistemas o asistentes de investigación como Zotero o Omeka, la aplicación de la informática para la investigación se ha perfeccionado. Zotero (2006) es un programa gratuito desarrollado a partir de experiencias de investigación histórica por R. Rosenzweig en el Center for History and New Media de la Universidad George Mason (Virginia, EE.UU.) con el objeto de poner a disposición “… una herramienta gratuita y fácil de usar para ayudarlo a recopilar, organizar, citar y compartir investigaciones.” (https://www.zotero.org/).

Con el diseño de herramientas informáticas se han facilitado procesos de investigación que permiten repensar métodos y técnicas empleadas tradicionalmente. Métodos como la “minería de datos”, la lingüística computacional, como herramientas para el análisis de grandes cantidades de información demuestran cómo los historiadores participan en la creación de herramientas y su aplicación como parte del estudio crítico de las fuentes digitales (Prades, 2016). O por ejemplo las bases de datos para organizar el fichaje de información. De hecho debe repensarse la manera en que se emplea el aparato crítico tradicional y se ajustan las herramientas críticas de las fuentes, por ejemplo la crítica interna y crítica externa de los documentos que son divulgados en digital y los de origen digital. Con esto se pretende llamar la atención en que la Historia Digital es una nueva oportunidad para continuar reflexionando acerca de cuestiones teórico metodológicas de la disciplina, y no nada más que técnicas.

M. Bloch asegura que la historia no es la ciencia que estudia el pasado sino lo humano y el cambio de lo humano como consecuencia del transcurrir del tiempo (Bloch, 1952) por tanto la posibilidad de estudiar no solo el pasado sino el presente es incuestionable. El positivismo estableció una objeción a la posibilidad de estudiar las variables hombre, tiempo y espacio en virtud de los cambios y permanencias desde el presente del historiador. Esa limitación hace tiempo está refutada con perspectivas como la historia presente o el presentismo. Internet y el ciberespacio retoman la necesidad de posicionar asuntos metodológicos y teóricos del debate historiográfico que ya se iniciaron con la reivindicación de la historia oral y la oralidad como fuente. Hacer historia desde el presente constituye un reto para el que la disciplina está preparada, pero este no es solo el problema del oficio respecto a la Historia Digital.

En todo caso existe un acuerdo en la necesidad de que el historiador se entrene mejor en el lenguaje informático o que la trandisciplinariedad y la multidiciplinariedad que ha caracterizado el oficio desde los Annales se acerque más al ámbito de lo tecnológico.  Es evidente, por tanto, la necesidad de adaptarse a nuevas formas epistemológicas que redunden en un adecuado y potencial manejo de un lenguaje y los recursos informáticos, así como la necesidad de entrenar el olfato y la pericia para analizar críticamente las fuentes digitales ante futuras investigaciones (la existencia de imágenes alteradas digitalmente, etc.). A propósito de la capacidad de la disciplina de ajustarse, deben recordarse las reflexiones que a inicios de siglo se hicieran en el marco del conocido Manifiesto de Historia a Debate, precisamente publicado en Internet (el 11 de septiembre de 2001) y que fundamentalmente llamaba a una actualización de la disciplina y reivindicaba una nueva erudición. No obstante, aunque su impulso renovador está en sintonía con los nuevos retos que para la historia representaba el nuevo siglo XXI, dedicaba al ámbito tecnológico una reflexión centrada en la difusión del conocimiento y como espacio de intercambio académico (apartado XI Historiografía) con lo cual se puede percibir que para entonces la incidencia de la Internet en la disciplina no era la que hoy es. De todo esto, no debe dejar de reconocer la vigencia del llamado al diálogo crítico de la disciplina y a lo acertado de su definición de una transición histórica e historiográfica de resultados inciertos (http: //www.h-debate.com)

Se esté de acuerdo o no con los retos epistemológicos de la HD, la información disponible en Internet debe ser cuestionada, pues las fuentes pueden ser modificadas o falseadas en formas y contenidos. Historiadores como J. Melo citando a M. Bloch y otros más recientes como D. Cohen y R. Rosenzweig aseguran que en los documentos también se falsea, se oculta y se manipula la información, y a pesar de estar en archivos tradicionales los documentos siempre han sido sometidos al trabajo de verificabilidad de las fuentes (Melo, 2011).

Internet también ha incidido en la divulgación y presentación de resultados de investigación. Las experiencias van desde publicar en digital, pasando por las iniciativas individuales o colectivas de blogs (Hypoteses es una experiencia de blogs que la preside un consejo editor), hasta experiencias que integran diseño, georeferencia, animación multimedia, infografías, con lo cual se diversifica y dinamiza el impacto en el público especializado o no. Las aplicaciones digitales, la colaboración de los historiadores con especialistas (diseñadores, programadores y un sinfín de especialidades como la arquitectura digital o la arquitectura de la información), y un gran público han permitido la divulgación en la Internet y el interés cada vez mayor por el pasado.  

Cada vez más y con mayor impacto la Web 2.0 ha desarrollado formas colectivas de participación en la elaboración y resguardo de contenidos y memoria. El contenido generado por el usuario (User Generated Content) es la característica más notable de las actuales redes sociales y wikis, la animación Flash, codificación XML, video digital, blogs, apps, wikis, podcast, y, en general, el crowdsourcing permiten una difusión verdaderamente masiva.

Digno de resaltar es el alcance de canales de Youtube (2005) dedicados a la historia que reporta millones de seguidores y seguidoras. Por ejemplo History Chanel (2.4 MM), Alternate History (1.6 MM), Simple History (1.4 MM) y Over Simplified (1.1 MM), por nombrar algunos de los más populares, captan la atención de quienes sustituyeron la televisión por la Internet y por un público joven interesado en la historia. De hecho se han popularizado grandes cadenas de televisión digital por suscripción en Internet que ofrecen documentales, series y películas de contenido histórico. De allí también debe mencionarse el fenómeno de los youtubers, que en diversos idiomas reportan cientos de miles de seguidores ofreciendo explicaciones animadas y breves acerca de variados temas (History Buffs, Timeline-World History, Academia play, El cubil de Peter, entre muchos otros).

Muchos recursos divulgativos a partir de iniciativas individuales y colectivas son cada vez más populares en el ciberespacio y ofrecen alternativas narrativas acerca del pasado. Puede cuestionarse su enfoque, su discurso y las fuentes utilizadas y la falta de rigor, pero eso no desdice su alcance o popularidad. No basta con que la academia solo las critique, es necesario reflexionar acerca de su impacto y la perspectiva del pasado que ellas legitiman.

Otro impacto complementario a lo ya mencionado es el papel que ha desempeñado y desempeñan Facebook (2004), My Space (2003), las aulas virtuales, aplicaciones como Classroom de Google, los foros de chat y los correos electrónicos en los procesos de divulgación, y en especial como recursos para la enseñanza y aprendizaje en los diversos ámbitos y niveles académicos. Muchas son las experiencias desarrolladas por Universidades y centros educativos que han creado programas informáticos que han impactado en la enseñanza o que han influido en la Web 2.0 –Facebook, por ejemplo- o que se emplean para facilitar el intercambio de saberes vía remota. Cada vez más se ofrece la posibilidad de cursos virtuales a distancia. Investigadores e investigadoras de todo el mundo pueden colaborar con centros de investigación de forma telemática, y hasta participar de forma virtual en conferencias, simposios y encuentros.

Permanentemente se crean aplicaciones que pretenden facilitar el acceso a la información con propósitos educativos. Se puede referir en este sentido a Socratic (2013), una aplicación móvil de Google diseñada para estudiantes, que utiliza inteligencia artificial y que facilita el acceso a contenidos disponibles en la Web. El propósito de esta aplicación es ayudar a la realización de tareas y el proceso de aprendizaje, pero en poco contribuye a una reflexión crítica pues básicamente sirve como plataforma para ubicar información que se ubicaría a través de un buscador como Google.

Todo esto debe servir también para ajustar los pensum de estudios de las escuelas de historia universitarias tanto a las herramientas disponibles para la difusión de la historia, así como los problemas asociados a la representación virtual del pasado. En aquellas se han facilitado las herramientas para investigar en archivos. El arqueo bibliográfico es básico en la práctica del historiador, y ahora se hace más necesario ante la ilimitada cantidad de información disponible en Internet. La actualización permanente de herramientas para la investigación online es cada vez más necesaria, pues en Internet la investigación puede resultar más fácil o difícil. Está claro que los contenidos están disponibles pero son condicionados por la relevancia de resultados preestablecida según la zona del mundo en donde se conecte. Y definitivamente el poseer algunos criterios claves para la búsqueda resulta determinante.

Entonces, ¿Debe el historiador especializarse en informática? Quizás no sea necesario, pero si debe tener conocimientos avanzados del funcionamiento de la Internet, de administración de bases de datos y de programas de investigación. Internet ofrece posibilidades y muchas de ellas están estructuradas para un manejo de un público general. El conocimiento de la Internet profunda (Deep Web) en contraposición a la Internet superficial, que se usa habitualmente, ofrece posibilidades de acceso a redes y bases de datos especializadas (académicas e institucionales) y a las que los motores de búsqueda populares no acceden. Ante esto, es entonces necesario al menos conocer las potencialidades técnicas que ofrece el avance tecnológico.

El pasado del oficio está más o menos claro, el presente es híbrido en lo analógico y lo digital, el futuro representa un reto de que prevalezca el formato físico (para la comprobación) y de optimizar la digitalización y permitir que el acceso a los recursos del conocimiento siga siendo un patrimonio gratuito y accesible para la humanidad. Guinzburg señala que los retos para el oficio son: la vinculación con otras disciplinas, la preservación de la memoria, y adaptarse a nuevas formas epistemológicas (Prades, 2016).

Conclusiones. Un pasado virtualizado

Con todo lo dicho está claro que el pasado ya no se representa solamente con la forma tradicional de lo vetusto, del archivo, el museo o la biblioteca, ahora el pasado puede tener dimensiones sensoriales y hasta emocionantes en las que interactúan texto, audio y video. Y es que “… la cultura digital puede hacernos apreciar el pasado de una forma diferente.” (Pons, 2011, p. 45). Y esa cultura ha transformado las instituciones y sus estrategias de divulgar la información. A pesar de que existan los museos virtuales y sus contenidos disponibles en la Web, la museografía tradicional ha actualizado sus herramientas y las ha acompañada de recursos digitales. Pero esta necesidad de los museos por compatibilizar o complementar lo físico con lo digital es apreciable en las más prestigiosas instituciones encargadas del resguardo de las evidencias del pasado.

M. Eiroa señala que el pasado se ha instalado en la vida pública de forma inusitada y esto ha sido posible gracias a la Internet (Eiroa, 2018). Esta afirmación resulta irrefutable pues el pasado se ha virtualizado a través de la proyección de contenidos históricos a través de los medios digitales (redes sociales, series, videojuegos, aplicaciones de diverso tipo y contenido variado, canales de YouTube, blogs, portales web). Y esto ha sido posible por la suma de contribuciones de individuos, colectivos e instituciones de la vida pública en distintos países, pero sobre todo debido al interés público y la participación de millones de personas preocupadas o interesadas en resguardar o participar del cuestionamiento a la historia.

La representación del pasado aunque llega a un público inmensamente grande aún está mediada por los esquemas tradicionales de los grandes hechos, los personajes destacados. Pero la pujante actividad del crowdsourcing incorpora un enfoque totalmente novedoso a la memoria y el testimonio. Se aporta y se cuestionan las publicaciones historiográficas como no había sucedido antes. Esto lejos de ser un problema, puede ser una posibilidad para refrescar a la disciplina y evitar un exclusivismo en su sentido crítico. Tal y como señalan Cohen y Rosenzweig “… todos nosotros tenemos la responsabilidad de garantizar que la nueva historia digital es una historia democrática, una que refleje muchas voces diferentes del pasado y del presente, que motive a cualquiera a participar escribiendo su propia historia, y que alcance a múltiples y diversas audiencias en el presente y el futuro” (Melo, 2011p.89). Esto lejos de desdecir el futuro de la disciplina debe alentar, pues siempre será necesaria la mirada de un profesional de la investigación histórica.

En el reto de historiar el pasado digitalizado y lo que será un pasado digital se incorporan formas representativas de un presente virtual, en el que millones de seres humanos interactúan en un entorno online no solo con sus identidades, sino con identidades sustitutas (avatars) y para los cuales se han construido formas de sociabilidad virtual como el Second Life (http: //www.secondlife.com) o los videojuegos. Aunque esto parezca futurista, que no lo es, revela la necesidad de pensar en los retos de la investigación histórica ente la construcción de nuevas subjetividades sociales. La contemporaneidad ha desarrollado en el marco del avance tecnológico nuevos sistemas de representación cultural. Ante esto es preciso que las y los especialistas aborden los nuevos retos de lo que podrís ser un nuevo giro crítico. Piénsese en las implicaciones actuales entre memoria e historia, en las representaciones sociales y culturales mediadas por la tecnología, en el análisis del discurso que se podrá realizar de lo que se publica en las redes sociales, en las formas de representación cultural o en las dinámicas a partir de las cuales se desarrolla la acción colectiva desde hace unas décadas.

Un pasado lejano parcialmente digitalizado, un pasado cercano en el que se testimonia; un pasado inmediato y un presente en el que se participa virtualmente. La disciplina tiene importantes retos en cuanto a la era digital y esos retos tienen que ver con la preservación del patrimonio, y la participación testimonial de millones de seres humanos, asuntos que rebasan aspectos concretos de la disciplina hasta ahora.  Sumado a esto existe un interés cada vez mayor de colectivos por investigar o “esclarecer” aspectos del pasado. Estos colectivos se han organizado en grupos, asociaciones (de carácter formal e informal) de memoria y han impulsado legislaciones nacionales e internacionales, así como comisiones estatales por la reivindicación de víctimas. Estas iniciativas proponen una alternativa de lo que es historiable y encuentra en el ciberespacio importantes recursos de legitimación.

“El pasado, por tanto, se niega a marcharse, e incluso algunos acontecimientos de nuestra historia han emergido en los últimos años con gran fuerza en demanda de una explicación más rigurosa y de la liquidación de asuntos aún pendientes de resolver” (Eiroa, 2018, p. 85).

Esta revolucionaria movilización e interés público por la memoria colectiva ha demandado retos interesantes para la disciplina. Aunque se acusa injustamente un rezago y desinterés historiográfico por dichos temas, los especialistas han acompañado estas iniciativas de diversas maneras, algunas afortunadas, como las experiencias multidisciplinarias absolutamente novedosas, o desafortunadas, como los llamados expertos. En todo caso esta participación y reivindicación colectiva acerca del estudio del pasado podría poner en cuestión la idea tradicional de que los historiadores estaban a la vanguardia de la perspectiva crítica de la historia. Ahora se incorpora a estos procesos de revisión del pasado y de estudio de la memoria colectiva.

La red ha hecho posible que millones de seres humanos dejen evidencias de su historia individual. Esto a la vez representa un reto y una posibilidad para los investigadores. Basta recordar que los documentos de papel refieren, en su mayoría, la perspectiva de funcionarios que administraban el poder y que para el historiador son parte de esa narrativa oficial. Esta riqueza de fuentes puede ser una oportunidad para contar otra historia, la de los invisibilizados o la de personas del común (que ya se ha experimentado no con pocas dificultades), que en los documentos del pasado habían sido relegados al anonimato, tal y como recuerda C. Ginzburg. (Pons, 2011)

Un necesario balance de la situación debe considerar que la disciplina no se encuentra rezagada en su vínculo con las potenciales aplicaciones de la informática, lo digital y la Internet y la necesaria reflexión de este impacto, así como los retos. En todo caso lo reprochable es que ese aprovechamiento así como la consecuente reflexión no estén adecuadamente equilibrados en las distintas regiones. Es importante que la disciplina estudie los impactos que se han logrado con los procesos de digitalización y de influencia de la Internet por el interés y participación pública respecto al pasado en las diferentes regiones, así la brecha quizás se pueda revertir. Es decir, se acorte la brecha de digitalización como de difusión de los estudios históricos acerca del pasado y también del tiempo presente.

Una nueva realidad en el paradigma científico demanda la actuación de las disciplinas por la reflexión que esto representa para el conocimiento en su conjunto. El oficio del y la historiadora tiene mucho que aportar respecto al impacto social que tiene un pasado y un presente cada vez más virtualizado. Y esto no se restringe a los necesarios análisis disciplinares, como el método y la heurística, sino que debe instalar en el terreno de lo público, que demanda, está claro, un diálogo de saberes y una actitud crítica.

Las herramientas digitales, los programas y sus posibilidades permiten el desarrollo de aplicaciones multimedia muy útiles e ilustrativas para el proceso de investigación, de difusión de resultados y sobre todo para la enseñanza. Hay una brecha entre enseñar en este nuevo tiempo con respecto a enseñar como se hacía antes y cómo debe enfrentarse ahora en momentos de desafíos. De todo esto, debe resaltarse la necesidad de que el historiador reflexione acerca del significado y potencialidades de esta revolución, participe en los procesos de preservación de información, en el desarrollo de métodos de investigación multidisciplinarios, se incorpore activamente sin prejuicios, a la divulgación de contenidos y se involucre con innovaciones en los procesos de enseñanza aprendizaje. “… acceder a la información no es sinónimo de conocer” alerta Prades (2016, p. 240).

Es necesario por tanto dotar a las jóvenes generaciones de historiadores e historiadoras de herramientas de investigación adecuadas a estos tiempos, por ejemplo, ya que los motores de búsqueda más utilizados (Google, Yahoo o Bing, entre otros) no arrojarán sin el conocimiento adecuado la información más útil disponible en Internet.

La humanidad está construyendo en buena parte del mundo un abismo virtual tanto en la representación del pasado como en la del presente, mientras otra parte de la humanidad parece destinada a la exclusión no solamente de sus condiciones materiales de subsistencia, sino de la misma preservación y resguardo de su pasado y de su presente.

Puede decirse que Internet mantiene las posibilidades de un ciberespacio democrático, pero en el que cada vez más y con mayor intensidad parecen reproducirse los patrones de exclusión y desigualdad que existen en la realidad. Esta apreciación no es ingenua, aunque parezca. Está claro que el desarrollo tecnológico reproduce los patrones sociales del tiempo en el que se crea o utiliza. Lo que trata de advertirse es la importancia de que los historiadores e historiadores participen en el ciberespacio aún más activamente de lo que hasta ahora lo hacen. Los historiadores e historiadoras tienen una labor importante por insistir que la historia que se resguarde, se investigue, difunda y enseñe no sea una historia predominantemente occidental y occidentalizada. En todo caso el debate está abierto e implica necesariamente pensar y trabajar en torno al alcance de la revolución digital para quienes tienen la pasión y responsabilidad de trabajar con la historia. No se trata nada más que de un asunto metodológico, tiene implicaciones ontológicas. Este compromiso tiene un claro propósito, que tal y como advertía Bloch “Porque es posible que si no nos ponemos en guardia, la llamada historia mal entendida acabe por desacreditar a la historia mejor comprendida.” (Bloch, 1952, p. 10)

Lo acá expresado tiene el doble propósito de por una parte advertir algunas ideas acerca del estado de la cuestión y por la otra los retos del oficio. Quedan muchas aristas potenciales de investigación. Particularmente interesantes son la necesidad de profundizar respecto a los proyectos y experiencias de investigación y digitalización del conocimiento en el Sur global, así como las experiencias de democratización del conocimiento histórico desde el punto de vista colectivo en América Latina, así como analizar las tensiones a las que se enfrenta el proceso de rescate y digitalización de la memoria.  

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Un pasado virtualizado. La disciplina histórica y los impactos de digitalización

Jonathan Montilla Azuaje


[1] Fecha de recepción: 26/02/2020. Fecha de aprobación: 26/05/2020.

[2] Profesor e investigador venezolano. Licenciado en Historia por la UCV. Profesor categoría asistente Universidad Nacional Experimental de las Artes (UNEARTE). Investigador y miembro del Consejo Directivo del Centro Nacional de Estudios Históricos (CNH) Venezuela.