Resistencias-rebeldes frente a la neo-colonización. Retos, paralelismos y prefiguración de la lucha palestina y la zapatista[1]

Rebel resistance against neo-colonization: Challenges, parallels, and prefiguration of the Palestinian and Zapatista struggles

Angélica Rico-Montoya[2]

Richard Stahler-Sholk[3]

 

Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons Atribución-NoComercial-No hay restricciones adicionales 4.0 (CC BY-NC 4.0)

 

Resumen

La neocolonización del norte global expresada en guerras, ocupaciones e intervenciones en América, Africa y Oriente medio no sólo comparten estrategias militares, paramilitares, comerciales y políticas para la apropiación de territorios, recursos naturales y energéticos, sino que responden un pensamiento hegemónico imperialista que utiliza estrategias psicológicas y propagandísticas para legitimar el control de la población de países pobres, desarticular la organización social y dar continuidad a la colonialidad del poder, del saber y del ser. A través de la dimensión colonización-descolonización, nos acercamos al reposicionamiento geopolítico del norte global, centrando la atención en el genocidio en Palestina y los colonialismos internos que han vivido los pueblos indígenas zapatistas de Chiapas, además de analizar el paralelismo entre los retos y prefiguración de la lucha en resistencia que no sólo enfrentan la guerra, la violencia política y el desplazamiento de comunidades, sino que sueñan con su emancipación e interpelan al sistema mundo con sus propuestas comunitarias, su cultura, tradiciones y sus otras formas de hacer política. Argumentamos que ambas luchas de resistencia responden a procesos históricos anticoloniales con raíces en la voluntad de sobrevivir como pueblos autodeterminados que se niegan a ser borrados o relegados al olvido. Las prácticas emancipatorias de estas luchas son elementos constituyentes en sí, de la afirmación continua de identidad colectiva y de sobrevivencia.

Palabras clave: Resistencia, contrainsurgencia, neocolonialismo, zapatismo, Palestina.

 

Abstract

The neocolonization by the Global North—expressed through wars, occupations, and interventions in the Americas, Africa, and the Middle East—not only shares military, paramilitary, commercial, and political strategies for the appropriation of territories, natural, and energy resources, but also responds to an imperialist hegemonic thought. This framework utilizes psychological and propagandistic strategies to legitimize control over the populations of impoverished countries, dismantle social organization, and maintain the continuity of the coloniality of power, knowledge, and being. Through the colonization-decolonization dimension, we examine the geopolitical repositioning of the Global North, focusing attention on the genocide in Palestine and the internal colonialisms experienced by the Zapatista indigenous peoples of Chiapas. Additionally, we analyze the parallelism between the challenges and the prefiguration of the struggles in resistance, which not only confront war, political violence, and the displacement of communities, but also dream of their emancipation and interpellate the world-system through their communitarian proposals, culture, traditions, and their other ways of doing politics.

Keywords: Resistance, counterinsurgency, neo-colonialism, Zapatismo, Palestine.

 

Introducción

La neocolonización imperialista actual remite a un posicionamiento económico, político e ideológico de las grandes potencias de occidente, las cuales intentan mantener su hegemonía por cualquier medio, incluso por la fuerza, la ocupación y la violación de sus propios instrumentos de consenso-coerción política como la ONU o el derecho internacional. Lo anterior es evidente en el genocidio del pueblo palestino, la intervención en Venezuela o la intervención estadounidense por medio de las derechas políticas latinoamericanos acrecentando los colonialismos internos, y los golpeteos político-mediáticos en contra de los gobiernos de izquierda. En este artículo se revisan los paralelismos entre las diferentes formas de colonización y luchas de resistencia palestinas y zapatistas, que, aunque no comparten un mismo contexto cultural ni político responden al mismo proceso neocolonial y extractivista en contra de los pueblos originarios.

La radicalización de la política neoliberal responde claramente a una lógica colonialista, puesto que no sólo utilizan mecanismos militares sino económicos, políticos, culturales (propagandísticos) y psicológicos para legitimar el exterminio. Independientemente de la intensidad del uso de la violencia y la tecnificación de la guerra tanto en África, Oriente Medio, como en Latinoamérica “la guerra y la violencia política consta de al menos tres componentes: la apropiación de territorios, la colonización del dominado y la expropiación de su historia” (Rico-Montoya, 2024).

La neo-colonización tal como lo describe Grosfoguel (2016), no responde sólo a una ocupación territorial sino a un proceso ideológico (epistémico) y ontológico. El poder colonial opera incluso después de acuerdos de paz, comisiones de verdad o firma de independencia, y se materializa en instituciones educativas y políticas, prácticas culturales y relaciones de poder que perpetúan la desigualdad, la dependencia económica y la supresión de conocimientos no occidentales. Aunque no es el mismo proceso de racialización que sufrieron las poblaciones mesoamericanas, asiáticas o africanas durante la colonización europea de los siglos XV y XVI, la neo-colonización territorial y ontológica actual responde al imperialismo global y políticas que buscan reforzar la colonialidad de poder, del saber y del ser (Quijano 2014) en la mente, el cuerpo y el territorio del colonizado.

A través de la supremacía racial blanca se refuerza la noción de subordinación de los pueblos originarios, indígenas, árabes, asiáticos y africanos en prácticas cotidianas de las relaciones de poder racial, patriarcal, capitalista y extractivista. En este sentido, la guerra y la conquista territorial y ontológica tienen sus principios en el Eurocentrismo histórico y la inexistencia del alma de los colonizados, a quienes se les deshumaniza nombrándolos niños terroristas o animales humanos, y ofreciendo sus territorios devastados en subastas para las inmobiliarias. Una de las características fundamentales del proceso interseccional de dominación es la necesidad que tiene el colonizador de invadir identitaria y culturalmente al dominado, “por una especie de perversión de la lógica se orienta hacia el pasado…desdibuja la historia” (Walsh, 2006, p. 21), provocando su destrucción, “lo cual felizmente no se logra en términos concretos…es fundamental, para el dominador, triturar la identidad cultural del dominado” (Fanon, 2001, p. 38).

Sin embargo, a la par de estos procesos colonizadores los actores sociales apuestan por la descolonización y por sus luchas de liberación, en las cuales no sólo defienden sus territorios y recursos naturales, sino que reivindican la libre determinación de sus pueblos y su derecho a existir con su propia forma de reproducción sociocultural, económica, política y pedagógica. Si hay algo que caracteriza a los pueblos en resistencia es la permanencia histórica de su cultura, alta moral, memoria colectiva y su apuesta por la justicia/emancipación de sus pueblos a pesar de la desigualdad de fuerzas con respecto a su adversario, quien además de utilizar todo tipo de estrategias políticas, militares, económicas e ideológicas para la limpieza étnica, cuenta con el respaldo militar y económico de las potencias occidentales, tal como ocurre con el Estado de Israel, el cual está llevando a cabo una colonización de asentamiento violenta en Gaza y Cisjordania apelando a su legítima defensa.

A través de la investigación participativa que se ha realizado en Chiapas por más de dos décadas y la revisión histórica de estudios etnográficos, documentales, informes de derechos humanos, análisis periodístico del conflicto palestino-israelí y una breve estancia en Palestina en 2019, se hace un acercamiento a la guerra de ocupación, la contrainsurgencia y la neocolonización global a través de nuestras experiencias como observadores-participantes solidarios en proyectos educativos y de derechos humanos desde la mirada del pasado reciente y los estudios decoloniales.

En este artículo se pretende identificar los paralelismos entre las luchas de los pueblos palestinos de Gaza y Cisjordania con la estrategia de resistencia y lucha zapatista de Chiapas, movimientos que, desde latitudes distintas, representan luchas por los principios básicos del humanismo y de la dignidad de las personas (Ameglio, 2024), frente al contexto del colonialismo en su fase neocolonial y el capitalismo en su fase neoliberal. Por cierto, hay diferencias en los dos contextos históricos que afectan las lógicas de la resistencia. En Palestina, el colonialismo clásico del imperio británico cedió lugar a un colonialismo de asentamiento, generando un conflicto interno violento y prolongado entre el pueblo palestino y los colonos judíos, en el cual los dos se vieron como oprimidos y amenazados con la extinción. No se logró establecer un modelo de gobierno autónomo palestino, sino una estructura de gobernanza “autorizada” por el Estado israelí (autoproclamado en 1948), que no ganó legitimidad entre muchos sectores de la población, desplazando la resistencia hacia estrategias diversas y hasta contrapuestas. En cambio, en Chiapas, el conflicto armado abierto duró apenas 12 días, y los zapatistas crearon sus propias estructuras autónomas de gobierno sin buscar reconocimiento, cercados militarmente, pero con suficiente simpatía de la sociedad civil nacional e internacional para disuadir una matanza a la escala de Gaza. Los zapatistas enfrentan un Estado neocolonial que prefiere desaparecer a los pueblos indígenas por asimilación e invisibilización. Son diferencias relevantes, pero nuestro argumento es que los paralelismos se resaltan al examinar cuidadosamente los conceptos de colonialismo, dominación, y resistencia.

El enfoque anticolonial en estas dos luchas nos permite examinar las diferentes fases y modalidades del neocolonialismo neoliberal, que puede ir desde la guerra de ocupación en Africa y Oriente Medio, los conflictos de contrainsurgencia y prácticas extractivistas en Latinoamérica, hasta la colonialidad a nivel propagandístico en redes sociales, reproduciendo el habitus del colonizado-colonizador, que redefinen tanto las relaciones y estructuras de poder como las múltiples dimensiones de la resistencia, descolonización y las luchas del sur global. Este escrito es principalmente un ensayo teórico, enfocando estas dos experiencias históricas de forma heurística para aclarar y desarrollar los conceptos de:

1) colonialismo (con sus variantes conceptuales de neocolonialismo y colonialidad del poder),

2) dominación (con énfasis en jerarquías racializadas y estrategias de contrainsurgencia), y

3) resistencia, distinguiendo este concepto de la resiliencia adaptativa, con una innovación conceptual que denominamos resistencia-rebelde como un ámbito de creación ontológica y de descolonización del sujeto político mientras resiste colectiva e individualmente.

Ofrecemos ejemplos de la resistencia-rebelde con base en la praxis de las luchas de los pueblos palestinos y zapatistas, resaltando las perspectivas académicas y activistas desde el Sur global.

 

El origen de la colonización y las resistencias

La historia colonial de palestina y la zapatista indígena viene de larga data, en ambos casos, las resistencias han incorporado la reivindicación de su territorio, cultura e identidad étnica y en distintas fases, utilizando elementos de la lucha armada, pero también construyendo proyectos propositivos: educativos, de salud, artísticos y productivos para la sobrevivencia de sus comunidades.

El Estado israelí emergió de un proyecto de colonialismo de asentamiento basado en la jerarquización étnica y el apartheid (Ramos, 2021). Previo a 1948, la población nativa ya había articulado su identidad nacional y defensa de su territorio en la Gran Revuelta de 1936 contra el dominio británico. Sin embargo, la gestión británica de las tensiones locales sentó las bases estructurales para el posterior conflicto armado de la Nakba, proceso histórico que implicó el desplazamiento forzado masivo y el inicio de la opresión sistemática del pueblo palestino (Khalidi, 2021).

Desde mediados del siglo XX, Israel ha implementado políticas coloniales orientadas a la criminalización y racialización de la resistencia palestina (Tatour y Tatour, 2023). Las múltiples guerras han terminado en expansiones y el control territorial israelí a través de un régimen colonial y militar, “proceso de supresión política, estrangulación económica y represión ideológica y cultural, con el objetivo de evitar el desarrollo de la sociedad civil palestina y su Estado independiente “(Musalem, 1993, p. 283). Este marco propició la fragmentación territorial y el aislamiento de la Franja de Gaza, espacio transformado en un laboratorio para el desarrollo de tecnología militar y de vigilancia global (Loewenstein, 2024). Frente a esta dominación, la respuesta palestina ha oscilado históricamente entre la vía diplomática y las intifadas, culminando en la crisis armada de octubre de 2024.

La respuesta militar del Estado israelí ha derivado en una crisis humanitaria con decenas de miles de víctimas civiles y el desplazamiento de millones de habitantes en Gaza. Ante este escenario, la Comisión Independiente de la ONU y Amnistía Internacional determinaron la existencia de una campaña prolongada de limpieza étnica (AI, 2024). Asimismo, la Corte Internacional de Justicia ha documentado estas acciones como graves transgresiones al derecho internacional, validando legalmente las denuncias globales sobre la ejecución de un genocidio (CIJ, 2025)

Por su parte, la exclusión de los pueblos zapatistas tiene sus raíces en el pasado colonial del siglo XV y la colonialidad liberal del XIX, estructuras que fundaron el Estado-Nación mexicano mediante los mitos de la “raza cósmica”, mestizaje, la desindianización y la asimilación de la población indígena. Estos procesos institucionalizaron el racismo y la desigualdad estructural hacia las comunidades originarias. Durante las décadas de 1970 y 1980, esta lógica de colonización interna se materializó en la violencia política de la llamada "Guerra Sucia". Bajo una narrativa oficial de simulación democrática que aparentaba un conflicto simétrico, el Estado priorizó la violencia política y la represión sistemática contra activistas y organizaciones defensoras del territorio (CNDH, 2022).

En este contexto, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) articuló su organización clandestina desde 1983, declarando la guerra en 1994 bajo once demandas fundamentales destacando entre ellas el derecho a la tierra, la salud, la educación y mejores precios para los productos del campo. Si bien el enfrentamiento bélico fue breve y careció de la capacidad de desestabilizar militarmente al Estado, catalizó una profunda movilización social de alcance nacional. Los pueblos indígenas zapatistas reconfiguraron el debate político al exigir el reconocimiento formal de su libre determinación, la gestión autónoma de sus territorios ancestrales y la consolidación de una ciudadanía étnica que articulase sus derechos identitarios y constitucionales.

Ante la negativa gubernamental, el movimiento zapatista trasladó su resistencia hacia la construcción de una autonomía de facto y la disputa por la legitimidad política. Frente a esto, el Estado mexicano ha implementado de forma persistente estrategias contrainsurgentes de baja intensidad, recurriendo a la militarización y la paramilitarización comunitaria. Actualmente los municipios autónomos zapatistas siguen siendo objeto de colonización, enfrentando dinámicas contemporáneas de despojo extractivista de la memoria colectiva, saberes ancestrales y recursos naturales, enmarcadas en una violencia estructural donde la contrainsurgencia histórica converge de manera compleja con los grupos del narcotráfico y poderes locales.

 

Colonialidad, violencia política y poder

El poder, concebido como una construcción relacional y situada, se estructura mediante coerciones físicas y simbólicas que constriñen las posibilidades de acción colectiva. En el entramado del Sistema-Mundo occidental, la colonización y la colonialidad operan como dispositivos de carácter hegemónico orientados a invisibilizar la diferencia. Esta dinámica se articula a través del racismo moderno/colonial, el cual posee una profunda dimensión ontológica y epistémica cuyo propósito fundamental es catalogar como inferiores a las lenguas, saberes y conocimientos ajenos a la matriz eurocéntrica (Mignolo, 2007).

Este fenómeno se ramifica en la colonialidad del poder, que institucionaliza la explotación y dominación estructural (Quijano, 2014), la colonialidad del ser, que condiciona la experiencia vivida en la relación asimétrica colonizador-colonizado (Maldonado-Torres, 2003) y la colonialidad del saber que instrumentaliza el discurso científico para deslegitimar y expropiar los conocimientos no occidentales. Mediante estrategias jurídicas y económicas coordinadas, el sistema hegemónico contemporáneo legitima el despojo de bienes comunales, saberes ancestrales y el control territorial, conteniendo la movilización de los pueblos originarios.

La alteridad, configurada desde una epistemología imperial y territorial, justificó históricamente la subordinación y opresión de poblaciones indígenas, africanas, árabes y asiáticas por parte de los colonizadores (Maldonado-Torres, 2003). De este modo, la deshumanización y el extractivismo se consolidan como prácticas cotidianas dentro de las relaciones de poder capitalistas.

En este sentido, la guerra y la conquista territorial y ontológica tienen sus principios en la idea de raza y la inexistencia del alma de los colonizados, premisa entrelazada en el concepto de terra nullius, tierra de “nadie”, puesto que para el colonizador ni indígenas ni los árabes son personas. El concepto paralelo del sionismo se refleja en el lema, “Una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”. Al lado de la raza inherentemente está el género. Lo femenino ha sido considerado por los grupos armados como un objetivo bélico estratégico (Olivera 2014). Los cuerpos de las mujeres y también de los hombres y niños presos en las cárceles de Israel son cosificados, objetos de castigo y tortura sexualizada, patrón observado también en el estado mexicano de Chiapas (ONU, 2026, Hernández, 1999). La violencia política no solo busca causar bajas posibles sino incidir en la moral y la construcción de subjetividad de los combatientes, las víctimas y los sobrevivientes.

La doctrina de contrainsurgencia o Guerra de Baja Intensidad (GBI) plantea una dualidad operativa: mientras el Estado neoliberal la concibe como un despliegue de fuerza mínimamente visible para librar la guerra de guerrillas y suprimir los movimientos de liberación, para los insurgentes constituye una guerra total multidimensional que busca minar y desarticula la moral de los combatiente y bases de apoyo (Rico-Montoya, 1997). Este modelo estratégico, ensayado por el colonialismo británico en Malasia y francés en Argelia y luego afinado por agencias de seguridad de Estados Unidos e Israel, ha sido exportado globalmente para reconfigurar regímenes y ejércitos locales. Su propósito fundamental consiste en someter el tejido demográfico, contener la resistencia popular y neutralizar de manera sistemática toda disidencia política interna.

Bajo la Doctrina de Seguridad Nacional durante la Guerra Fría, la contrainsurgencia legitimó el terrorismo de Estado frente a cualquier disidencia interna, considerada una amenaza sistémica para el capitalismo global. Dispositivos de represión hemisférica, como la Escuela de las Américas y la Operación Cóndor, operaron sistemáticamente en el Cono Sur, Centroamérica y México. Esta racionalidad violenta, hoy bajo la lógica de un capitalismo militarizado (Durán Matute y Jenss, 2025), persiste desde 1995 en el conflicto en contra del EZLN (Martínez Coria, 2025) y pueblos indígenas de Michoacán, Guererro y Oaxaca que defienden sus territorios frente al despojo de carácter extractivista.

El “Plan de Campaña Chiapas 94” nombre otorgado a la estrategia de GBI [4] por la Secretaría de la Defensa Nacional se manifestó públicamente el 9 de febrero de 1995, con el rompimiento unilateral de la tregua y el cese al fuego, por parte del gobierno federal y la entrada del ejército en zona zapatista (Rico-Montoya, 1997). Esta “guerra integral de desgaste o de exterminio”, no sólo busca eliminar a los insurgentes, sino acabar con la resistencia de las bases de apoyo del movimiento zapatista (López y Rivas, 2004). Es así como los ataques de grupos paramilitares, los desplazamientos forzados, sobrevuelos, detenciones y la militarización de la vida cotidiana contribuyeron a la omnipresencia del control y a fortalecer la estrategia contrainsurgente del Estado en contra de las comunidades zapatistas. Tanto el neocolonialismo como la contrainsurgencia en México y Palestina se constituyen de manera paralela (Monjardín, 2024). Los ataques de grupos paramilitares a las comunidades rebeldes en Chiapas (1997-2007) y los enfrentamientos entre cárteles del narco que han generado cerca de 20,000 desplazados (2023-2025), sobrevuelos, detenciones arbitrarias y la militarización de la vida cotidiana que contribuye a la omnipresencia del control y un ambiente de inseguridad permanente (Martín Baró, 1990).

De forma paralela en Palestina, el muro (llamada “barrera de separación” en el lenguaje oficial orwelliano), los retenes militares, los ataques y ocupación de los hogares palestinos por grupos de colonos armados desde sus centenares de enclaves dispersos por toda Cisjordania, el bombardeo, invasión, y la hambruna impuesta en Gaza, y la destrucción sistemática de cada elemento de la vida cotidiana (desde el agua, la vivienda, los caminos de tránsito, hasta los huertos de olivo), representan un enorme aparato de deshumanización y control. Entre más persistente la resistencia, más se inclina el poder dominante a “vaciar el mar para eliminar los peces”, es decir, recurrir a la limpieza étnica o al genocidio.

Posterior a la guerra convencional que apuesta por destrucción de la infraestructura del pueblo colonizado, el control de la población a través del terror, el hambre, la limpieza étnica de amplios sectores de la población, se utiliza la estrategia de guerra contrainsurgente, desplegando mecanismos políticos, sociales, culturales, psicológicos, militares y religiosos para aislar al grupo revolucionario de sus bases de apoyo, socavar y deslegitimar socialmente su integridad y presentarlo como el único responsable-culpable de la violencia, motivo por el que la contrainsurgencia puede ser entendida como una herramienta más del proceso colonizador que no sólo busca destruir la historia sino la posibilidad de futuro. De ahí que se toma por objetivo estratégico a niños, jóvenes y mujeres del pueblo colonizado, para acabar con la continuidad de su cultura, identidad y organización, haciendo uso de estrategias que van encaminadas a suprimir a las siguientes generaciones de posibles adversarios (Rico-Montoya, 2018).

En este sentido cabe revisar el contenido del sistema educativo israelí, que refuerza la idea de que todos los palestinos, incluso niños y bebés quieren negar el derecho de los judíos de vivir en cualquier rincón del territorio “desde el río hasta el mar”. Peled-Elhanan (2012) ha analizado cómo la enseñanza del Holocausto es instrumentalizada en el currículo nacional israelí, promoviendo una retórica que fusiona el trauma histórico con el poder militar, promoviendo una interpretación nacionalista del "nunca más" que sirve para normalizar la ocupación de los territorios palestinos y la limpieza étnica como medida para asegurar la sobrevivencia del pueblo judío, desde una lógica de suma cero.

Es de notar que una encuesta en Cisjordania en 2025 revela que el 46% cree que el ataque de Hamás era una estrategia equivocada, mientras el 26% piensan que Hamás estaba en lo correcto; y un 56% cree que el Estado de Israel no tiene derecho a existir (Deitch, Dekel, y Gitlin 2025). Otra vez, puede haber interpretaciones encontradas de esas opiniones. Para algunos, el reconocimiento del Estado de Israel es una de las pocas cartas que les quedan a los palestinos, y el rechazo a la existencia del Estado actual de Israel se puede leer como un rechazo al apartheid, es decir, a un Estado que acapara todo el territorio ancestral de los palestinos y los relega a una categoría de segunda o peor.

A pesar de esa polarización y la carga de episodios de violencia, sólo el 17% de palestinos apoyan la estrategia de resistencia armada (Deitch, Dekel, y Gitlin 2025); la mayoría ve su resistencia desde la tradición de las luchas no-violentas, y formula su praxis de resistencia alrededor de la sobrevivencia, la identidad colectiva, estrategias para reforzar la autoconfianza y la paciencia creativa (Yousef, Foschi, y Checa Hidalgo 2025). En un contexto de máxima violencia por parte de colonos y soldados israelíes en Hebron, que va desde humillaciones cotidianas a encarcelamiento por protestas pacíficas y retenes que impiden la llegada de ambulancias a rescatar personas gravemente heridas, un grupo de jóvenes (Youth Against Settlements 2019) persiste con su compromiso con la no-violencia activa.

Los proyectos de dominación buscan una internalización de la opresión, una continuidad de las pautas históricas del colonialismo. Una de las características de este proceso es la necesidad que tiene el dominante de invadir culturalmente al dominado, y “la invasión cultural lo que pretende entre otras cosas, es la destrucción, lo cual felizmente no siempre se logra en términos concretos” (Fanon, 1963/2001, p. 38). Todo proyecto colonial implica entonces un proceso violento de control territorial y poblacional con fines extractivistas y uno político, que permita institucionalizar ese control por medio de la imposición, cooptación de estructuras de autoridad o bien la subordinación, invisibilización, y hasta exterminio identitario del pueblo colonizado (Rico-Montoya, 2025).

La opresión sigue aún después de la colonización y colonialidad. En México, por ejemplo, las manifestaciones neocoloniales que incluye la expropiación de tierras comunales y recursos naturales, así como prácticas educativas asimilacionistas que invisibilizan las identidades indígenas. En el caso del pueblo palestino, su existencia ha sido negada por el Estado israelí a través del sometimiento, el discurso oficial y la educación, los colonos han intentado borrar la historia, cultura y formas de vida palestinas de los territorios ocupados, desapareciendo su identidad semita específica, dentro de la categoría genérica de árabes Peled-Elhanan (2012).

Las jerarquías racializadas, y demás violencias estructurales siguen manteniendo el statu quo de los Estados modernos latinoamericanos y de oriente medio, dado cuenta de la continuación de la colonización en nuevas y diversas formas, que incluyen el colonialismo de asentamiento o settler colonialism en la Palestina ocupada (Wolfe, 2006). Es de notar que el convenio internacional contra el genocidio que se acordó después de la Segunda Guerra Mundial define ese crimen no sólo en términos de matanza y exterminio, sino también de la destrucción de las condiciones de existencia con intención de “destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal”. En ese contexto, la mera existencia (como grupo distinto) constituye un acto de resistencia (Awartini et al., 2024).

 

Interpelando y configurando la noción de resistencia-rebelde

En estudios sobre resistencia colectiva, Scott (2000) analizó que la comunicación entre subalternos es fundamental, puesto que contribuye a la elaboración de una subcultura de subalternidad, es decir, un código colectivo en el cual las estrategias ante la dominación y la explotación son comunicadas, compartidas, representadas e ideologizadas en forma de una conciencia de clase compartida y una ideología subalterna contrahegemónica. A diferencia de Scott, quien veía a la resistencia como un proceso comunicativo no siempre politizado, en este artículo se entiende la resistencia-rebelde como  un proceso colectivo histórico y educativo, que permite a los subalternos subjetivarse y posicionarse política, social, cultural y anticolonialmente frente a la guerra, condición que no sólo permite sobrevivir, sino construir proyectos civilizatorios y anti-sistémicos a través de la política prefigurativa, la memoria colectiva y performativa en el territorio.

La resistencia-rebelde no es una resistencia pasiva, sino activa y constructiva, configurada históricamente por las comunidades, a través de décadas de experimentar el racismo, la violencia, la colonialidad, pero también, reconfigurada a través del aprendizaje colectivo en las escuelas autónomas, las familias en todos los espacios autónomos y en la cotidianidad rebelde (Rico-Montoya, 2018, p. 225).

Dicha resistencia además de ser parte constitutiva de la identidad y subjetividad rebelde es transmitida, recreada y configurada por las nuevas generaciones a través de la oralidad, las prácticas intergeneracionales, y la memoria colectiva. Niños/as, jóvenes y adultos reconstruyen su historia y proyecto político, revisando y analizando episodios de violencia, políticas contrainsurgentes y prácticas de resistencia experimentados por ellos y por sus antepasados en cada uno de los espacios de movilización social, pedagógica y política. La estrategia de resistencia-rebelde como proceso de largo aliento, en algunas ocasiones sirve para confrontar al Estado, tal como ocurrió durante el levantamiento armado de 1994, pero en otras, suele ponerse a la defensiva, por ejemplo, ante la entrada y posicionamiento del ejército federal mexicano al territorio zapatista para aprehender a la Comandancia general del EZLN.

Antes de declarar la guerra, los zapatistas implementaron diversas estrategias políticas y de resistencia para exigir la solución a sus demandas de salud, educación, mejor precio para sus productos, así como el alto a la represión y el despojo cotidianos de sus tierras a manos de latifundistas, ganaderos y ejércitos privados (guardias blancas) con el apoyo del ejército. Sin embargo, ante la falta de una respuesta institucional, las bases de apoyo zapatista optaron por la lucha armada para ser escuchados, luego por presión de la sociedad civil nacional e internacional que se manifestó masivamente en apoyo a las demandas indígenas, el gobierno se vio obligado a negociar el cese al fuego y la Ley en materia de derecho y cultura indígena.

Acto seguido, los zapatistas procedieron a organizar una consulta nacional directa que respaldó sus demandas y avaló la decisión de seguir en la lucha política de forma independiente, sin convertirse en partido político y sin deponer las armas. En estos 30 años, el gobierno mexicano ha desplegado fuerzas militares y paramilitares para cercar y buscar el enfrentamiento con el EZLN y las comunidades rebeldes, pero la resistencia-rebelde de los militantes y las campañas de solidaridad nacional e internacional con los zapatistas han impedido una matanza a una escala similar a las que se ven en Palestina. En ese espacio, los zapatistas tejen sus redes de apoyo en función de su praxis informal de autonomía, sin pedir reconocimiento oficial, en una suerte de infrapolítica (Gambardella 2025).

De manera paralela, en Palestina las expresiones de resistencia se dan en un contexto distinto, bajo el asedio y la ocupación israelí y choques armados continuos en varios momentos de muy alta intensidad (1948, 1956, 1967, y 1973) a la par de una estructura de “autogobierno” fuertemente limitado y controlado por el Estado israelí que se niega a reconocer una entidad palestina soberana. Sin embargo, las y los palestinos han continuado con su resistencia civil, apostando por su memoria, cultura y tradiciones, ejemplo de esto, fueron las tres intifadas en Cisjordania y la Franja de Gaza (1987, 2000 y 2017) violentamente reprimidas.

Las intifadas (“despertar a sobresaltos”, en árabe) palestinas trascienden la confrontación física para consolidarse como movimientos de resistencia y desobediencia civil que fortalecen la identidad, la dignidad y la solidaridad. Este fenómeno constituye un proceso histórico dinámico que transforma continuamente a sus protagonistas a lo largo de su desarrollo (Svirsky, 2017). Además de la oposición externa, el movimiento estructuró sólidas redes de organización interna mediante cadenas humanas nocturnas dedicadas al transporte clandestino de alimentos financiados por contribuciones voluntarias. En estas dinámicas comunitarias, a veces clandestinas, la participación de las mujeres dentro de comités locales, articuladas junto a estudiantes y diversas fuerzas políticas, resultó un pilar fundamental para sostener el tejido social y la resistencia colectiva (Kapeliouk, 1988).

En este largo y exhaustivo proceso de resistencia-rebelde, no se puede dejar fuera el ataque armado de Hamás del 7 de octubre de 2023, seguido por el castigo colectivo y la táctica contrainsurgente de tierra arrasada con bombardeos indiscriminados a casas habitación, hospitales e infraestructura necesaria para la sobrevivencia. En medio de un genocidio en marcha, las opciones del pueblo palestino no sólo para resistir sino para subsistir se ven sumamente complicadas si no existe una auténtica presión internacional. Las estrategias de las principales organizaciones palestinas se han dividido cada vez más, por un lado, los líderes de Fatah en Cisjordania, que históricamente han buscado la negociación política bajo la posibilidad de un eventual Estado Palestino y cierta cuota de poder, se ve minada con el recrudecimiento de la violencia y ocupación por parte de colonos y soldados israelí, y por el otro, la resistencia cívico-militar encabezada por Hamás en Gaza, se encuentra sumamente mermada ante el asedio.  A nivel de base, en una encuesta de opinión de octubre 2025 en los territorios palestinos ocupados se indica que las prioridades de la resistencia se han desplazado hacia las necesidades básicas de sobrevivencia y que el 50% de los encuestados rechaza una normalización de relaciones con Israel, aun cuando éste reconociera el Estado palestino dentro de las fronteras de 1967 (PCPSR 2026).

La resistencia-rebelde constituye en sí, una intrincada red de estrategias que no sólo se expresa en el campo político sino en el subjetivo. En la experiencia palestina y zapatista la resistencia-rebelde ha implicado un amplio proceso histórico de organización colectiva y posicionamiento político, a diferencia del concepto de resiliencia que en los estudios de occidente describe una práctica o actitud individual/psicológica adaptativa que conlleva el sacrificio, la resistencia-rebelde es un proceso de subjetivación y consciencia política. De hecho, un grupo de especialistas en trauma psicológica en Palestina, influenciado por la psicología de la liberación de Martín-Baró (1990), han rechazado el concepto de resiliencia desde la mirada occidental, puesto que el uso de esta noción representaría una patologización de los palestinos al no considerar el contexto colonialista y las prácticas deshumanizadoras en las que sobreviven (Institute for Palestine Studies, 2019). Si se consideran las causas sociopolíticas y estructurales actuales, las y los palestinos no son “víctimas” de una condición abstracta, sino sujetos en lucha, cuya consciencia y dignidad son instrumentos indispensables para lidiar con el adversario.

La vida cotidiana de las y los integrantes de un pueblo en resistencia en los ámbitos cotidianos de socialización, educación, familia, relaciones comunitarias, formas de hacer política, actividades productivas exigen procesos y relaciones que no sólo refuercen la capacidad individual para  enfrentar activamente su opresión, sino que generen una nueva conciencia e identidad compartida de pertenencia a un proyecto político, es decir, la formación de un sujeto colectivo rebelde (Rico-Montoya, 2018), cuyo proceso de subjetivación se desarrolla a través de la praxis participativa y su apropiación por parte de las bases, las cuales no esperan la dirección de los mandos ni el permiso del opositor para actuar. Mientras la “política del reconocimiento” actúa como un instrumento colonial (Taylor, 2009), la resistencia rebelde y anticolonial reivindica el derecho al autorreconocimiento autónomo. Muestra de esto es el fracaso en las negociaciones para la firma de los Acuerdos de San Andrés de 1996, debido a la insistencia del gobierno de reemplazar la frase “sujetos de derechos” para referirse a los pueblos indígenas, con la frase “objetos de interés público”. Ante esta actitud colonialista, los zapatistas simplemente optaron por implementar su autonomía de facto, con la constitución de 38 municipios en su territorio.

En Palestina, la mentalidad colonialista se puso en evidencia en 2025, cuando se impuso un “acuerdo” pactado entre los gobiernos de Estados Unidos e Israel, obligando a los palestinos a negociar la concesión del cese al fuego y a la hambruna con la potencia ocupante (Buttu, 2025), entregando la gobernanza de la Franja de Gaza a una comisión encabezada por el presidente de los Estados Unidos. Justo en ese mismo periodo, el gobierno mexicano estaba impulsando la reconquista de los territorios ya gobernados en común por los zapatistas, en complicidad con grupos narcoparamilitares y proyectos extractivistas, provocando la siguiente reflexión: “Esto es lo que hay, el plan del neoliberalismo en México en contra de nosotros y nosotras, como bien lo dijimos en el encuentro en El Semillero: Hoy es Palestina, mañana seremos nosotros y nosotras…sólo resta construir la vida en común” (ACGAZ, 2025, s/n).

En rechazo a la lógica colonial que busca imponer la autoridad por la fuerza y ganar reconocimiento de su soberanía sobre tierras y pueblos, la resistencia-rebelde no concede el poder de reconocimiento a otros, sino que busca ganar la legitimidad interna por medio de prácticas y relaciones sociales, económicas, y políticas que reflejan los valores de sus bases en todos los espacios compartidos (Stahler-Sholk, 2015). Aun cuando las condiciones “objetivas” no parecen favorecer esa praxis alternativa en vista de la desigualdad de fuerza, la apuesta es ir fortaleciendo paulatinamente el consenso y la identidad política del pueblo en resistencia, a través de prácticas que permitan visualizar un futuro deseado. En otras palabras, son proyectos de política prefigurativa, con base en una relación dinámica entre la práctica y la esperanza (Dinerstein, 2015).

Casi por definición, la correlación de fuerzas inicialmente parece desfavorable para los pueblos que buscan su emancipación, de ahí la importancia de la resistencia. Se dice que cuando se le preguntó a Gandhi[5]  cómo un pueblo pobre y desarmado como de la India logró vencer al imperio más potente de la historia, él explicó: primero te ignoran, luego se ríen de ti, luego luchan contigo, luego ganas. Una conceptualización útil es la distinción que hace Negri (2015) entre el poder constitutivo (de Estados, ejércitos, etc.) y el poder constituyente, que se construye por el proceso organizativo de los pueblos.

Las reservas de fuerza para la resistencia-rebelde de un pueblo reside en la colectividad subjetiva. Las prácticas colectivas generan memoria y la construcción de la memoria histórica es un acto político que fortalece la resistencia. Desde la teoría poscolonialista, Spivak (2024) explica que un pueblo subalterno puede hacer uso de un “esencialismo estratégico” en la autodefinición de su identidad, en oposición clara al mapeo, y la nomenclatura impuesta por el poder hegemónico. A diferencia del esencialismo definido desde afuera y desde arriba, los agentes que recuperan su esencia como pueblo originario con agencia propia autodefinen una identidad indígena insurgente y anticolonial (Eqeiq, 2025). En el caso de los pueblos zapatista y palestino (Equeiq, 2018), este proceso de reivindicación alternativa de su memoria histórica, denominado rearticulación étnica por Bastos (2019), asienta las bases de un nuevo imaginario político.

Si bien la dimensión cultural-identitaria es clave para dar coherencia a la estrategia de resistencia de un sujeto colectivo, hay que reconocer que la base material es fundamental para poder sustentar el proyecto político. No es casual que las estrategias de contrainsurgencia incluyan en sus arsenales las tácticas económicas y militares necesarias para destruir la infraestructura y los medios necesarios parala subsistencia, configurando procesos de dependencia y sometimiento ante el colonizador. De ahí que las luchas emancipatorias frecuentemente se expresan en alguna variante del concepto de autonomía que va más allá de una simple descentralización administrativa. El colonialismo y el neocolonialismo cultivan intermediarios locales para facilitar el dominio, mientras en Cisjordania, están los colonos y la Autoridad Palestina, en Chiapas, están los caciques indígenas, los paramilitares y los partidos políticos de derecha quienes actualmente están solicitando asesoría en medidas de seguridad a Israel.

La resistencia en la fase actual del capitalismo global se enmarca en oposición clara al modelo neoliberal de la acumulación por desposesión (Harvey 2005). Este modelo se caracteriza por una intensificación de las actividades económicas extractivistas y una reprivatización de la periferia global, acompañado por el despojo violento y un intento de abaratar la producción por medio de la deshumanizante separación entre mano de obra y seres humanos. En oposición a ello, los pueblos defienden su territorio y comunalidad, buscando modos de producción y de reproducción social sustentables y en armonía con la naturaleza, construyendo proyectos comunitarios de resistencia crítica (Ambrosi, 2018) ante el individualismo feroz del neoliberalismo.

Las interpretaciones del Lekil Kuxlejal (concepto indígena de Chiapas) o Buen Vivir configuran una praxis de resistencia indígena frente al despojo extractivista, considerado no como desarrollo sino como una estrategia de la necropolítica (Mbembe, 2011) que dicta las condiciones de vida y muerte de los pueblos. Esta lógica neocolonial de acumulación por desposesión hermana la devastación territorial y el desplazamiento forzado visibles en megaproyectos como el "Tren Maya" y las concesiones mineras en Chiapas, con la propuesta de mercantilización turística global proyectada en la reconstrucción para la Franja de Gaza sobre los escombros causados por los bombardeos y los cadáveres de miles de palestinos (Gasparello y Núñez Rodríguez, 2021; Bshara, 2025). Ante este escenario de subordinación y consumo global de los territorios, los pueblos en resistencia impulsan economías sustentables orientadas a la construcción del común (Apantle, 2019), anteponiendo la reproducción de la vida, la reciprocidad y el bienestar comunitario a la racionalidad individualista de valor mercantil.

En las comunidades zapatistas de Chiapas, la recuperación de tierras históricamente acaparadas por finqueros y rancheros abrió paso a una reforma agraria extraoficial en la cual el zapatismo designó terrenos para uso comunitario; proceso que no sólo significó una emancipación de las relaciones sociales opresivas y patriarcales del sistema de fincas, sino que también generó prácticas y estructuras de toma de decisiones por participación directa para determinar la asignación de tareas y uso de recursos comunitarios (Stahler-Sholk,, 2011). En las comunidades zapatistas, la palabra “resistencia” tiene el significado específico de rechazar cualquier ayuda gubernamental y rehusar la participación en programas de un gobierno considerado ilegítimo, viéndolos como parte de la estrategia de contrainsurgencia que intenta cooptar, crear dependencias, o sembrar divisiones en las comunidades.

Sin embargo, ese rechazo que para las familias zapatistas es una forma de dignificación de su lucha en oposición clara al Estado, para las familias no zapatistas resultaba un sacrificio inexplicable. En parte para subsanar esas divisiones y abrir su práctica de resistencia a otras variantes, hacia finales de 2023 los zapatistas anunciaron la abolición de la propiedad en sus territorios, señalando una nueva disponibilidad de dialogar con otros grupos indígenas para llegar a consensos sobre el uso de la tierra en común (EZLN, 2023, Trujillo Limones, 2025).

En Palestina, cualquier esfuerzo para generar empleos, reducir dependencias de crear actividades que transformen las relaciones económicas y sociales con su opresor es considerado parte de la resistencia contra el modelo de colonialismo de asentamiento y su aparato de humillaciones cotidianas (Seidel, 2019). Los críticos de la Autoridad Palestina han considerado su gestión como parte y cómplice de la ocupación externa, puesto que, al ser una entidad esencialmente subcontratada, gestiona y centraliza de los recursos reemplazando la autogestión comunitaria.

 

Cuerpo, memoria y territorio para la resistencia-rebelde y la construcción de paz verdadera

La praxis del movimiento zapatista se estructura a partir de una resistencia multidimensional que redefine su relación con el Estado y el sistema global. En la dimensión sociocultural, la organización promueve la emancipación comunitaria mediante la educación y salud autónoma que revitalizan tradiciones, valores y conocimientos ancestrales. La resistencia política, por su parte, se manifiesta en la negociación íntegra y legal ante el Gobierno federal por el reconocimiento de sus derechos colectivos, impulsando iniciativas dentro y fuera de Chiapas que consolidan su legitimidad. Finalmente, la esfera económica se presenta como el mayor desafío, debido a la contradicción estructural que supone insertar la producción agrícola y artesanal comunitaria dentro de las dinámicas de un mercado global, pero que a la vez apuesta por la autogestión, el precio justo, así como proyectos productivos y cooperativistas que rechazan deliberadamente el asistencialismo oficial para evitar la dependencia gubernamental.

Dicha resistencia además de ser parte constitutiva de la identidad y subjetividad rebelde es transmitida, recreada y configurada por las nuevas generaciones a través de la oralidad, las prácticas rebeldes y la memoria colectiva. Las comunidades autónomas zapatistas, con sus estructuras de autogobierno y sus cargos ofrecen nuevas experiencias de responsabilidad comunitaria a jóvenes en los roles de promotores/as de salud, educación agroecología y comisiones de tierra y de justicia, modelando nuevas relaciones sociales y forjando nuevos sujetos políticos.

La resistencia-rebelde es un proceso que va de lo colectivo a lo individual y viceversa reconfigurando los procesos de violencia, colonización y olvido. La capacidad de resistir y reconstruirse como sujetos políticos a través de la organización ha brindado a los militantes la posibilidad no sólo sobrevivir a la guerra, sino de resistir y vivir con dignidad. Después del levantamiento armado en Chiapas (1994), los y las zapatistas han liberado territorios y construido en ellos espacios de resistencia formativos y de cuidados a contracorriente de la contrainsurgencia (Baronnet, Mora y Stahler-Sholk, 2011). La resistencia-rebelde zapatista entonces no es una condición pasiva, de aguante y sacrificio, sino un proceso histórico y creativo que los ha llevado a construir proyectos políticos y de vida alternativos que ponen el acento en la toma de conciencia, la formación y acción política de los hombres, las mujeres y por supuesto de las niñeces (Rico-Montoya, 2024, p. 282). Es un proyecto que busca la paz positiva, emancipatoria, más allá de la mera pacificación que propone el gobierno (Grupo de Trabajo Región Frontera, 2026).

Los zapatistas van reproduciendo y ampliando su proyecto con una pedagogía política (Baronnet y Stahler-Sholk, 2019) no sólo en las aulas de sus escuelas autónomas, sino también con la construcción de actividades y espacios de intercambio con el mundo, como por ejemplo la Otra Campaña de 2006, la Escuelita Zapatista de 2013-14, la Travesía por la Vida de 2021, y un sinnúmero de encuentros abiertos a la sociedad civil nacional e internacional, enfocados en la difusión de su lucha emancipatoria y la compartencia con otras luchas de resistencia.

A diferencia de los zapatistas que han logrado territorializar su resistencia para construir su autonomía de facto, al pueblo palestino no sólo se le ha negado el reconocimiento como Estado y a una identidad nacional, sino a tener un espacio seguro para sobrevivir, ya que por décadas han tenido que existir bajo el asedio y el colonialismo de asentamiento del Estado Israelí que “intenta excluir, sustituir, desplazar y eliminar a su población nativa” (Ramos, 2021, p. 144).

Sin embargo, aún en medio de la ocupación, el desplazamiento forzado, los bombardeos, ataques con francotiradores e incursiones nocturnas y bombardeos, los pobladores de Cisjordania (al menos hasta el 2023) seguían sembrando sus olivares, celebrando prácticas culturales y religiosas con sus familias y comunidades e incluso impulsando procesos organizativos, políticos, artísticos y educativos de resistencia en los que participaban niños, niñas y adolescentes al lado de sus familiares, aun cuando esté en peligro su libertad o su vida (Qumsiyeh, 2011).

Las estrategias comunitarias de resistencia de los pueblos palestino y zapatista incluyen los municipios autónomos en Chiapas, o las brigadas de abastecimiento de alimentos y comedores comunitarios en Gaza y Cisjordania. La condición ontológica y epistémica de la resistencia-rebelde no significa una condición de aguante y sacrificio, sino un proceso histórico de aprendizaje, a veces doloroso, pero que es necesario elaborar para re-existir (Rico-Montoya, 2018). Para comprender este proceso político-pedagógico es necesario subvertir la idea de causalidad para introducir la noción de agencia del sujeto individual y colectivo que permite revertir las condiciones de violencia, pobreza y procesos deshumanizadores; los sujetos no sólo son capaces de hacer valoraciones sino conferir sentidos a su vida y producir nuevas significaciones (Galende 2004) y propuestas descolonizadoras.

Cabe recordar que el proyecto colonial utiliza mecanismos que buscan lesionar la autovaloración de los sujetos (Jimeno, 2008). Las víctimas no sólo son violentadas físicamente sino simbólica, moral y psicológicamente a través de mecanismos políticos, económicos, sociales y culturales que intentan inculcar un sentido de inferioridad, vergüenza, autoodio, y hasta rabia que se dirige hacia el interior del colonizado, en vez proyectarlo hacia su opresor (Fanon (1963/2001).  Ni la guerra de ocupación ni la contrainsurgencia se limitan a acabar con el grupo armado llámese EZLN o Hamás, sino con toda la sociedad que busca su emancipación. De ahí los ataques indiscriminados en contra de la población civil, que buscan destruir su historia y su potencialidad de futuro, configurando estrategias de terror que permitan destruir física y emocionalmente a la siguiente generación de adversarios.

Sin embargo, ante esta pedagogía de la crueldad, cada cultura desarrolla sus propias estrategias para resistir y fortalecer las subjetividades resilientes y rebeldes de las y los militantes. La comprensión del contexto global en el que se produce dicha violencia permite a las personas realizar procesos de elaboración y otorgar sentido a las experiencias traumáticas, pero también a nivel colectivo movilizar nuevas formas de afrontamiento y reconocimiento individual, familiar, comunitario, cultural y organizativo de los recursos con los que se cuenta (Antillón, 2012, p. 305). En ese aspecto, las escuelas autónomas zapatistas funcionan como crisoles de resistencia que desarrollan la autoestima colectiva por la identidad y el proyecto autónomo, creando una nueva subjetividad política (Baronnet, 2013). Pasa algo similar en Palestina, donde la negación de permisos de construir escuelas por parte de las autoridades israelíes les obliga al pueblo a crear escuelas propias sin permiso en sus casas que constituyen el 65% de las escuelas del territorio ocupado (Civic Coalition, 2019).

En este sentido, vale la pena recurrir a la noción de comunidad curativa de los pueblos originarios, la cual se asienta, en una red de relaciones sociales de reciprocidad para el bien común, tales como el trabajo comunitario, la relación con la madre tierra, la resignificación de las asambleas y la toma de decisiones por consenso, fiestas tradicionales y ceremoniales, así como espacios que sirven para “liberar armoniosamente el subconsciente individual y colectivo” (Ramón, 1993, p. 329).

En estos espacios las relaciones interpersonales y afectivas se conforman “una especie de comunidad afectiva; en la que se constituye una memoria colectiva y de gestión de las memorias individuales” (Pollak, 2006, p. 100). El movimiento-comunidad tiene el poder de curar, con la capacidad de habilitar espacios de encuentros colectivos solidarios y de reciprocidad, en los que la salud de los individuos, en cuanto cuerpos físicos, depende básicamente de la salud de la comunidad.

La fiesta y la celebración por estar vivos y organizados, por construir un mundo más justo para sus hijos es un elemento identitario que fortalece la subjetividad resiliente y rebelde de los palestinos y los zapatistas. Las fiestas son un verdadero compartir comunitario, donde se fortalece su cultura y los lazos sociales como pueblo. Frente a la opresión y amenaza constante de la potencia opresora, cualquier actividad de esparcimiento, de producción creativa, de alegría, aunque sea mínima o efímera, representa un acto de resistencia rebelde bajo condiciones brutales de la ocupación. Juntarse para hablar o realizar actividades aparentemente triviales, como andar en patineta para los jóvenes palestinos que buscan espacios y experiencias de libertad (Akkad, 2023) o la danza colectiva del Dabkeh en bodas, festividades y reuniones comunitarias, se convierten en símbolos de fuerza, unidad y arraigo a la tierra. Tanto en Chiapas como en Palestina, las resistencias se expresan en forma de música, corridos revolucionarios, literatura y arte mural rebelde (Eqeiq, 2017, 2019, 2025). Los zapatistas en varias ocasiones han organizado encuentros públicos internacionales de artes y ciencias, denominadas CompArte y ConCiencia, para celebrar la creatividad que surge en las grietas emancipatorias en medio de una estructura de opresión (De Parres, 2022).

El espíritu de la resistencia-rebelde del pueblo palestino está destilado en la palabra árabe sumud, generalmente traducida como firmeza (steadfastness en inglés). La palabra se refirió inicialmente a la práctica entre los presos palestinos capturados e interrogados bajo tortura por la agencia de seguridad israelí en cárceles coloniales, de negarse a confesar o cooperar. Si bien los presos no podían escapar físicamente, la no-cooperación les permitía transportarse a un espacio imaginario rodeado por sus camaradas, un espacio de solidaridad y de dignidad humana donde no se reconociera la autoridad ilegítima (Meari, 2014). Ya después de 1967, con la ocupación total del territorio palestino, el pueblo reprodujo esa postura en todos los espacios del Estado carcelario y de  ocupación al mantener su dignidad en las filas humillantes de los retenes (Hammami, 2015), en los campamentos de refugiados, en la construcción de escuelas, espacios culturales y juegos para los y las niñas con los escombros generados por los bombardeos, portando o representando en murales la llave a su casa ancestral que simboliza el derecho al retorno.

Tanto para el pueblo palestino como para los indígenas de Chiapas, la resistencia tiene una dimensión de arraigo territorial y de dignificación del ser. Más que una parcela de tierra con valor económico, el cuerpo-territorio abarca todo el entramado de relaciones sociales, memoria histórica, tradiciones culturales locales, y relaciones con la naturaleza que los vincula con un hogar ancestral. Los olivares de Palestina son símbolos de la firmeza (sumud), y a la vez sustento de la vida, mientras las niveladoras que los arrancan representan gráficamente el intento de borrar la existencia (pasado, presente, y futuro) del pueblo. La palabra se retoma en la denominación de la Flotilla Sumud, embarcación internacional de ayuda humanitaria a Gaza en 2025 y 2026 que buscaba romper el cerco impuesto por Israel.

La idea de la firmeza en la resistencia tiene ecos en la práctica común en el repertorio de la protesta, plantarse en un espacio público para superar la invisibilización y manifestar sus reivindicaciones ante el poder constituido, tanto zapatistas como los palestinos, enfrentan el dilema de cómo recurrir al marco legal y político de derechos apelando a su identidad y sin cederle el derecho de reconocimiento a un Estado heredero de depredaciones coloniales (Quiquivix, 2014).

En agosto de 1994, los zapatistas convocaron una Convención Nacional Democrática en la Selva Lacandona, recibiendo a 700 delegados civiles a este espacio en forma de embarcación lo nombraron Aguascalientes en honor al sitio donde se redactó la Constitución revolucionaria de 1917. A decir de Avalos-Peláez (2022) crearon un espacio visible para sembrar la semilla de otra subjetividad política. Luego cuando el Estado mexicano mandó su ejército en 1995 para arrasar el sitio, demostrando su poderío y control territorial, los zapatistas respondieron con la creación de 5 Aguascalientes más, en diferentes regiones del estado, centros alternativos, que posteriormente se irían multiplicando y cambiando de nombre y modalidad, desafiando la noción de que la fuerza militar puede controlar el derecho a ser libre.

La resistencia-rebelde zapatista y palestina, no sólo crece en los espacios locales como única forma para sobrevivir, sino que se multiplica en todos los rincones del planeta donde exista un espacio dispuesto a albergar la dignidad de los pueblos que sufren, pero que, a la vez, son ejemplos de lucha y de fe en la humanidad. Cada vez son más los que se organizan en las universidades y plazas públicas para exigir un alto al fuego, romper el cerco marítimo para llevar ayuda humanitaria, tal como lo hizo la Flotilla global sumud. Es ingenuo pensar que los participantes de la flotilla pensaban que podrían romper el cerco que el Estado de Israel ha mantenido sobre Gaza desde 2010. Los activistas, periodistas y estudiantes de más de 47 países de Europa, América, Africa, Oriente Medio y Asia metieron el cuerpo como un acto de cuidado del otro, de fe y de esperanza, para seguir poniendo los reflectores a Gaza y con ella la humanidad.

 

A manera de reflexión

La comparación de las luchas de los pueblos palestinos y zapatistas nos ha permitido interpelar varios conceptos que revelan importantes paralelismos, a pesar de algunas diferencias de contexto histórico. Primero, si consideramos el colonialismo en un sentido amplio que abarca la colonialidad del poder, del ser, y del saber, con sus diferentes modalidades (colonialismo clásico de los siglos XV-XIX, neocolonialismo, colonialismo de asentamiento), se destacan elementos anticoloniales en las luchas de los dos pueblos. Segundo, la dominación no se trata únicamente de extracción forzosa de riqueza y control político de territorios, sino también de un espectro de estrategias de destrucción cultural-identitaria que se puede considerar como guerra de extinción de los pueblos indígenas. Tercero, y tomando en consideración esos dos ajustes conceptuales, se ven en las dos luchas un proceso que denominamos resistencia-rebelde, que es la construcción de una subjetividad colectiva propia, insertada en la construcción participativa de un modelo alternativo de sociedad prefigurativa.

Deshumanizar, invisibilizar, borrar, y exterminar son puntos continuos del proyecto neocolonial, en su contraparte, la lucha por la emancipación y la resistencia-rebelde incuba en su ser la esperanza, los sueños de un pueblo que reivindica su cultura, su lengua y su inalienable derecho a existir, y, por lo tanto, a defenderse por cualquier medio a su alcance.

 

El lema “Existir es Resistir”, pintado en Chiapas por el muralista Gustavo Chávez Pavón y replicado en Cisjordania en una reflexión de la hermandad de sus luchas (Eqeiq, 2019), subraya la particularidad de la resistencia-rebelde, comprometida con la vida e intrincada en la cotidianidad, el cuidado de sus sembradíos, de su tierra y de su historia. A pesar de la colonización para los pueblos de Chiapas y Palestina, el mero hecho de existir bajo condiciones de opresión y no rendirse se convierte en un acto de resistencia ante un sistema global de muerte y exclusión de la diversidad.

Si la guerra y la colonización son procesos multidimensionales, la resistencia y la descolonización también lo son, con la pedagogía de la memoria y el uso de prácticas sociales y políticas de re-existencia como las intifadas en Palestina y la construcción de municipios autónomos en Chiapas. La resistencia-rebelde se ha constituido como una intrincada red de estrategias que se expresan en el campo político, subjetivo, cultural, e identitario.

 

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[1] Fecha de recepción: 6/11/2025. Fecha de aceptación: 29/07/2026

 

Identificador persistente ARK: https://id.caicyt.gov.ar/ark:/s25250841/4or9gg5pk

[2] Profesora investigadora del Laboratorio en Investigaciones en Ciencias sociales e Interculturalidad de la Universidad Nacional Rosario Castellanos

Ciudad de México

https://orcid.org/0000-0002-4743-2615

angelica.rico@rcastellanos.cdmx.gob.mx

[3] Profesor emérito, Department of Political Science, Eastern Michigan University

 601 Pray-Harrold, Ypsilanti, MI 48197, USA

https://orcid.org/0000-0001-9355-1095

rstahler@emich.edu

 

[4] Plan de Campaña Chiapas 94 del ejército, en una nota de pie: “1.- Suspensión de garantías individuales en la entidad: a) desplazamiento forzado de la población bajo la influencia zapatista hacía albergues o zonas de refugio oficiales; b) neutralización de la organización y actividades de la Diócesis de San Cristóbal de las Casas; c) captura y consignación de mexicanos identificados con el E.Z.L.N.; d) captura y expulsión de extranjeros perniciosos; (…) g) muerte o control de ganado equino y vacuno; h) destrucción de siembras y cosechas; i) empleo de la autodefensa civil…1.- Romper la relación de apoyo que existe entre la población y los transgresores de la ley”. (CDHFBC, 2022).

[5] De acuerdo con algunas fuentes, la cita en realidad fue tomada de un discurso de 1918 del sindicalista norteamericano Nicholas Klein: https://apnews.com/article/archive-fact-checking-2315880316. En cualquier caso, indica el poder alternativo de una resistencia organizada (empoderamiento) en condiciones de fuerzas desparejas.