Nota final[1]

Closing editorial note

Equipo Crítica y Resistencias

 

 

Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons Atribución-NoComercial-No hay restricciones adicionales 4.0 (CC BY-NC 4.0)

I. Reimaginar la resistencia

Diez años después, una reflexión sobre el cierre del proyecto editorial, la comunidad que construimos y los desafíos de seguir produciendo pensamiento crítico en un cambio de época

Hace diez años nació Crítica y Resistencias como una apuesta por construir un espacio para el pensamiento crítico latinoamericano. Este número no busca celebrar ese recorrido. Busca detenerse sobre él para volver a preguntarse por el sentido del proyecto, por la comunidad que lo hizo posible y por los desafíos de seguir produciendo pensamiento crítico en un tiempo de profundas transformaciones. Esta editorial es una invitación a abrir esa conversación.

Hay momentos en la vida de un proyecto editorial en los que detenerse deja de ser un lujo para convertirse en una necesidad. No porque el camino se haya agotado ni porque las respuestas hayan dejado de ser válidas, sino porque las preguntas que dieron origen al proyecto vuelven a presentarse bajo nuevas formas. Diez años después de la creación de Crítica y Resistencias, sentimos que este es uno de esos momentos.

Las revistas científicas atraviesan profundas transformaciones. Cambian las formas de producir, evaluar y comunicar el conocimiento; las tecnologías digitales y la inteligencia artificial reconfiguran las prácticas académicas; los sistemas científicos enfrentan nuevas presiones y las modalidades de circulación de las ideas se transforman aceleradamente. Pero estas mutaciones editoriales forman parte de un proceso mucho más amplio. Vivimos un cambio de época atravesado por múltiples crisis —económicas, políticas, sociales, culturales y ambientales— que no solo interpelan nuestras instituciones, sino también nuestras formas de experimentar la vida en común.

Asistimos a un escenario de creciente fragmentación social, de profundización de los procesos de individualización, de debilitamiento de los horizontes colectivos y de una inquietante dificultad para imaginar futuros diferentes. Las ciencias sociales no solo estudian estas transformaciones: también las habitan. Y los proyectos editoriales que las acompañan forman parte de esa experiencia.

Hace diez años, Crítica y Resistencias nació como una apuesta por construir un espacio para el pensamiento crítico latinoamericano. Desde entonces publicó veintiún números, reunió más de doscientas sesenta contribuciones, impulsó nueve dossiers temáticos, sostuvo doce convocatorias abiertas y consolidó una comunidad de autoras, autores, evaluadoras, evaluadores, lectoras, lectores y equipos editoriales que hizo posible esa continuidad. Esa trayectoria constituye una experiencia colectiva de la que hoy queremos aprender.

Cuando iniciamos este recorrido nos preguntábamos si era posible crear y sostener una revista científica rigurosa, latinoamericana y crítica sin depender de una institución pública o privada. Nos propusimos demostrar que un proyecto autogestivo podía garantizar la calidad de sus procesos editoriales, ampliar la circulación de producciones académicas y alcanzar los más altos niveles de reconocimiento y acreditación nacional e internacional. Diez años después, sentimos que ese propósito fue cumplido. Crítica y Resistencias logró consolidarse como un espacio reconocido de publicación, divulgación e intercambio, sin renunciar a la autonomía que estuvo en el origen de la experiencia.

Ese logro, sin embargo, estuvo sostenido por una estructura de trabajo que pocas veces resulta visible. La edición de cada número, la evaluación de las contribuciones, la comunicación con autoras, autores y evaluadores, así como la administración de las plataformas y el mantenimiento del software, requirieron una enorme cantidad de horas de trabajo ad honorem. A ello se sumaron costos económicos crecientes, asumidos por el propio equipo. La autogestión hizo posible la revista y constituyó una de sus mayores fortalezas, pero también definió los límites materiales de su continuidad.

El sentido de esta editorial, sin embargo, no es celebrar un aniversario ni realizar un balance. Si decidimos detenernos sobre nuestro recorrido es porque creemos que todo proyecto comprometido con el pensamiento crítico debe ser capaz de ejercer esa misma actitud sobre sí mismo. Después de diez años, comprendemos que la continuidad de un proyecto no puede medirse únicamente por su permanencia en el tiempo ni por los indicadores que organizan el mundo de las publicaciones científicas. La experiencia acumulada nos coloca frente a una pregunta más exigente: ¿qué significa sostener hoy un proyecto editorial crítico?

La inquietud que nos moviliza no nace de un diagnóstico de agotamiento, sino de una convicción. Sentimos que el proyecto que construimos durante esta década nos exige abrir una nueva etapa de reflexión. No porque la revista haya dejado de tener sentido, sino porque intuimos que el formato de la revista académica, por sí solo, ya no alcanza para expresar todo aquello que buscamos construir.

Las publicaciones periódicas siguen siendo un espacio indispensable para la producción y circulación del conocimiento. Pero, en un tiempo marcado por la aceleración de los intercambios, la dispersión de las conversaciones públicas y la crisis de los vínculos colectivos, nos preguntamos si ese puede seguir siendo el único dispositivo desde el cual construir comunidad intelectual, sostener debates y alimentar la imaginación crítica.

Tal vez el desafío que tenemos por delante ya no consista únicamente en editar una revista. Tal vez consista en fortalecer un proyecto editorial capaz de habitar múltiples lenguajes, promover nuevas formas de encuentro y generar conversaciones que trasciendan los tiempos de la publicación periódica. No se trata de abandonar la revista, sino de comprender que la revista forma parte de un proyecto más amplio, cuya razón de ser nunca fue la publicación en sí misma, sino la creación de condiciones para pensar colectivamente.

La pregunta por los formatos, entonces, no es una cuestión técnica ni exclusivamente editorial. Es una pregunta profundamente política. Porque las formas en que producimos, compartimos y discutimos el conocimiento también expresan una determinada manera de comprender el mundo y de intervenir en él. Por eso, este número clausura una etapa, pero no pretende cerrar las preguntas ni las conversaciones que la revista ayudó a construir. Mirar hacia atrás no constituye un ejercicio de nostalgia, sino una forma de reconocer el trabajo realizado, agradecer a quienes lo hicieron posible y asumir la responsabilidad de imaginar un futuro para esa experiencia más allá de su actual forma editorial.

Quizás esa sea también una manera de volver sobre una palabra que nos acompaña desde el origen. Si hace diez años elegimos nombrar este proyecto Crítica y Resistencias, fue porque entendíamos que la crítica sólo adquiere sentido cuando es capaz de abrir posibilidades frente a aquello que aparece como inevitable. Hoy esa convicción permanece intacta, aunque las preguntas sean otras.

Resistir nunca significó para nosotrxs permanecer inmóviles ni aferrarnos a formas heredadas. Tampoco consistió únicamente en denunciar las múltiples expresiones de la desigualdad, la violencia o la exclusión que atraviesan nuestras sociedades. Resistir ha significado (y sigue significando), sostener la capacidad de imaginar alternativas, de construir espacios para el pensamiento colectivo y de crear condiciones para que otras conversaciones puedan tener lugar.

En un tiempo marcado por la aceleración, la fragmentación de la vida común y la dificultad para imaginar horizontes compartidos, quizás resistir consista también en revisar nuestras propias prácticas. En preguntarnos si las formas con las que construimos comunidad hace una década siguen siendo suficientes para afrontar los desafíos del presente. Cuidar un proyecto no implica conservarlo intacto ni prolongarlo indefinidamente, sino reconocer cuándo una forma ha cumplido su ciclo y mantener viva su capacidad de transformarse sin renunciar a aquello que le dio sentido. Hoy nos toca repensar los modos en que construimos y divulgamos sentidos críticos para comprender el presente e intervenir en él, pero también para imaginar y transformar el futuro.

Tal vez la tarea de la próxima década no sea únicamente sostener una revista, sino fortalecer un proyecto editorial que continúe haciendo de la crítica una práctica de apertura y de la resistencia una práctica de creación. Un proyecto capaz de producir comunidad allí donde predominan las lógicas de la individualización; de sostener conversaciones allí donde se multiplican los monólogos; de alimentar la imaginación política allí donde el presente parece clausurar el futuro.

Porque, si algo hemos aprendido en estos diez años, es que la mejor manera de cuidar un proyecto colectivo no es preservarlo de la crítica, sino convertirlo en objeto de su propia reflexión; y es desde esa convicción que queremos compartir la pregunta que abre esta nueva etapa: ¿Qué lugar puede ocupar un proyecto editorial crítico en un tiempo en el que también se encuentran en disputa las formas de imaginar el futuro?

 

II. Sobre este número 22

Si la editorial que abre este número propone volver a preguntarnos por el sentido de un proyecto editorial crítico, las contribuciones reunidas en estas páginas recuerdan por qué esa pregunta importa. Son precisamente las investigaciones, los debates y las experiencias que aquí se comparten las que mantienen vivo ese proyecto colectivo.

Este número de Crítica y Resistencias reúne un conjunto de trabajos que, desde problemas, escalas y geografías diversas, convergen en una preocupación compartida: las formas contemporáneas en que se produce, organiza y disputa el territorio. Lejos de entenderlo como un soporte físico o un espacio neutro sobre el que se despliegan las políticas públicas, los artículos aquí reunidos lo conciben como una construcción histórica atravesada por relaciones de poder, conflictos y proyectos en permanente tensión.

En un contexto signado por la profundización de las desigualdades, el avance de las lógicas extractivas, la reconfiguración del papel del Estado y la emergencia de nuevas formas de resistencia, este número invita a pensar el territorio como una categoría política. Es allí donde se materializan los procesos de acumulación, donde se expresan las disputas por los bienes comunes, donde se redefinen los vínculos entre actores públicos y privados, y donde comunidades y organizaciones despliegan estrategias para defender modos de vida, disputar sentidos y construir alternativas.

Las disputas territoriales abren este recorrido. En “Autovía 158. Como engranaje de un proceso extractivista”, Leticia Guzmán analiza el proyecto de transformación de la Ruta Nacional 158 en la provincia de Córdoba, situándolo en el entramado de infraestructuras impulsadas por la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA). Desde una perspectiva crítica, la autora muestra que estas obras no constituyen intervenciones técnicas orientadas exclusivamente al desarrollo, sino dispositivos que reorganizan el espacio en función de la circulación de mercancías y la acumulación de capital, profundizando procesos de desposesión, fragmentación territorial y conflictividad socioambiental.

Si el primer artículo pone el foco en las infraestructuras como condición material del extractivismo, Diego Pérez Roig desplaza la mirada hacia las formas en que el Estado busca sostener la legitimidad de ese modelo. En “Problemas de legitimación en el capitalismo (fósil) tardío", el autor reconstruye el proceso de consolidación de este megaproyecto hidrocarburífero y analiza las tensiones entre desarrollo económico, soberanía energética, dependencia de los mercados internacionales y conflictividad territorial. El trabajo permite comprender cómo la transición energética y las promesas de crecimiento conviven con nuevas formas de subordinación económica y con crecientes resistencias sociales.

Las transformaciones del trabajo y sus efectos sobre la organización social constituyen otro de los ejes que atraviesan este número. Desde una perspectiva histórico-estructural, el artículo dedicado a la denominada "anomalía argentina", escrito por  Cristian Caracoche y titulado “Revisitando la “anomalía argentina”: Capacidad de movilización de la clase trabajadora y conflictividad social en perspectiva comparada (1950-2020”, examina las particularidades que adquirió la configuración del mercado laboral durante las últimas décadas. Frente a interpretaciones centradas exclusivamente en indicadores económicos, el texto propone analizar la persistencia de elevados niveles de informalidad, precarización y fragmentación como parte de un proceso más amplio de reestructuración del capitalismo contemporáneo, interrogando las capacidades de organización colectiva y las formas que asume hoy la cuestión social.

En continuidad con estas preocupaciones, el trabajo de Juan PAblo Hudson, titulado “Punto final del consenso de los planes sociales en el gobierno de Javier Milei” tiene como objeto los programas sociales y allí analiza el desplazamiento del consenso que, durante buena parte del siglo XXI, estructuró las políticas de transferencia de ingresos en Argentina. A partir del estudio de los debates públicos recientes, el artículo reconstruye las transformaciones en los discursos sobre asistencia, trabajo y ciudadanía, mostrando cómo las políticas sociales se convierten en un terreno privilegiado de disputa política e ideológica. Más que describir el cambio de orientación de una política específica, el texto invita a reflexionar sobre las mutaciones en los modos de construcción de legitimidad estatal y en las formas de regulación del conflicto social.

El recorrido culmina ampliando la escala de análisis hacia procesos de alcance global. En Resistencias-rebeldes frente a la neocolonización. Retos, paralelismos y prefiguración de la lucha palestina y la zapatista, Angélica Rico-Montoya y Richard Stahler-Sholk proponen un diálogo entre dos experiencias históricas de resistencia que, aún desarrolladas en contextos profundamente diferentes, enfrentan dinámicas comunes de colonización, despojo y violencia. El artículo sostiene que tanto la lucha del pueblo palestino como la del movimiento zapatista pueden comprenderse como procesos de resistencia anticolonial que, además de disputar el territorio, construyen formas alternativas de organización política, reproducción de la vida y producción de conocimiento.

Leídos en conjunto, estos trabajos muestran que las disputas contemporáneas exceden la regulación del suelo, la planificación estatal o la gestión de los recursos. Lo que se encuentra en juego son las formas mismas de organizar la vida colectiva, de definir quiénes tienen capacidad para decidir sobre los territorios y de imaginar futuros posibles frente a las múltiples crisis que atraviesan nuestras sociedades. El territorio aparece así como una categoría privilegiada para comprender la articulación entre Estado, mercado, comunidades y resistencias, pero también como un espacio desde el cual emergen proyectos políticos alternativos.

Con este número concluye un ciclo significativo para Crítica y Resistencias. Si algo nos enseñan los trabajos reunidos en esta edición es que las formas de dominación se transforman, los conflictos adquieren nuevas configuraciones y las resistencias reinventan permanentemente sus lenguajes y estrategias. Del mismo modo, quienes apostamos por construir conocimiento crítico también estamos llamados a revisar nuestras propias prácticas, fortalecer los espacios colectivos de producción intelectual y seguir imaginando herramientas capaces de acompañar la comprensión y transformación de las realidades que habitamos. Porque pensar críticamente el territorio implica, también, asumir que ningún orden es definitivo y que toda forma de organización social permanece abierta a la disputa, la creación y la esperanza.

 

 



[1] https://id.caicyt.gov.ar/ark:/s25250841/oza6qvglr